miércoles, 4 de febrero de 2009

Nuestros gestos y su significado

Una buena reflexión por parte del Sr. Murakami: “¿Puede un ser humano llegar a comprender plenamente a otro?” Así comienza el segundo capítulo de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”. A través de sus personajes hace hincapié en este aspecto del hombre, somos tan egocéntricos que no somos capaces de apreciar a la persona que tenemos a nuestro lado.

Decidimos compartir nuestra vida con otra persona, pero no averiguamos qué quiere decir tal gesto, qué odia, qué le gusta. Bueno, obviamente las cosas básicas si que las sabemos. ¿Pero sabemos qué está pensando con una mirada?

Este tema me da qué pensar. El otro día viendo una película bazofia, de esas que ves cuando no tienes ganas de comerte la cabeza y sólo te apetece echar un rato delante de la pantalla del ordenador, había una escena en la que el chico —sí, película con un final obvio y romántica de chico quiere chica, pero chica no se da cuenta de que quiere a chico hasta el final— comenta todas las sonrisas de la chica, sus seis sonrisas para ser más exacto y el significado que cada una conlleva. ¿Alguna vez habéis contado las sonrisas de una persona y sabéis que significa cada una de ellas? Yo nunca y ahora quiero empezar a fijarme en todos los gestos de las personas, de las personas importantes para mí, y quiero descubrir que significado tienen.

Os animo a qué penséis sobre estas cuestiones. Por cierto, Murakami es un pedazo de escritor, a ver si leéis algo de él.

Obito

Una lágrima resbaló por su rostro, deslizándose lenta y pausada por su mejilla hasta llegar a la boca, dejándole un sabor salado. ¿Por qué? Se repetía una y otra vez, ¿por qué a ella?. Sabía que el turno le había llegado, pero no era capaz de aceptarlo. Todo estaba listo para el día siguiente, ya no había marcha atrás. ¿Qué iba a ocurrir? Sabía que tenía que actuar deprisa, la situación era precaria y la idea de escapar no la tenía concebida en su mente.
Se tiró sobre la cama, revolvió las sábanas y se levantó. No paraba de recordar. Las imágenes aparecían, una tras otra, golpeándole, hiriéndole en lo más profundo. Mil agujas clavadas en el corazón no eran nada en comparación con el dolor y la impotencia que sentía en esos momentos.
Cabizbaja anduvo por toda la casa, recorriendo el largo pasillo, y se detuvo delante de la puerta. Giró el pomo, empujó con temor haciendo chirriar la puerta, y se paró delante del espejo. Su cara estaba demacrada y grisácea; sus ojos no tenía vida, eran dos canicas mal puestas. Llenó la bañera de agua, sin quitarse la ropa se introdujo dentro, y comenzó a sumergirse.
Intentó aguantar la respiración, pero salía a la superficie cuando le faltaba oxígeno, no tenía valor de suicidarse de esa forma. Vio una cuchilla a escasos centímetros de su cuerpo, la agarró y sin pensárselo dos veces se cortó las venas.
La sangre fluía de sus muñecas rápidamente, tiñendo el agua de rojo, y poco a poco iba cerrando los ojos, quedándose inconsciente. Sonrió a la espera de la muerte.

Fiesta egipcia

Después de haber tenido un día agitado (clases más trabajo), por fin puedo disfrutar de un momento de tranquilidad. Ahora no hay prisas: no estoy pendiente de la hora que marque el reloj del ordenador y puedo centrarme para escribir. De fondo suena la banda sonora de “Desayuno con Diamantes”; te relajas a medidas que la vas escuchando, aunque es un poco triste para mi gusto.
Ayer nos quedamos relatando el viaje…
Una vez que habíamos almorzado fui a mirar la tienda del barco. La tienda tenía de todo: ropa, colgantes, pendientes, figuras, cachimbas…etc. Allí conocí a David, no a Bisbal (que él insistía en que no se le confundiera con ese), sino a un egipcio que era el dependiente de la tienda del barco. Al final terminé probándome chilabas y distintos velos para el pelo, porque tenía que prepararme para la fiesta egipcia del día siguiente, y me explicó la historia del cartucho. Cuando conseguí salir de la tienda me di cuenta que había estado cerca de una hora viendo cosas y charlando.
Subí las escaleras, abrí la puerta y salí al exterior. El sol molestaba en los ojos y la moqueta verde, imitando al césped, quemaba. La piscina estaba vacía, excepto por Quino, Tere y Sele. Sin pensármelo mucho me metí dentro, pero teniendo cuidado porque la piscina era de granito, de encimera de cocina, y resbalaba lo que no estaba en lo escritos —más de uno se pegó un guarrazo y estoy segura que alguien se habrá matado—. Terminé dándome mi último baño en el jacuzzi, que aquello no echaba ni burbujas y era caldito de puchero, anda que no estaba caliente ni nada el agua.
Lo más impresionante fue contemplar la puesta de sol, o mejor dicho, como Ra muere para volver a nacer el día siguiente. Mientras íbamos cruzando al esclusa de Esna nos tumbamos en las butacas con nuestra cerveza en mano (yo coca cola) y hablamos animadamente de todo lo que habíamos visto. No nos creíamos que estuviésemos en Egipto, navegando por el Nilo, pisando la tierra de los faraones. Quino, Sele, Tere y yo hicimos especial hincapié en lo maravilloso que era nuestro viaje.
Pasamos por debajo de un puente, claro que en lo alto había policías con ametralladora en mano, y esperamos a que la esclusa se llenara de agua para poder salir. ¿Sabéis la angustia que da el ver a cada pocos metros a una persona con un arma en mano? Vamos, como el que lleva una botella de agua por la calle. Además, creo recordar que en nuestro autobús se subió un policía y entró con la ametralladora apuntando directamente al conductor, menos mal que luego descargó el arma. Esa misma mañana, cuando visitamos el templo de Hatshepsut, Yasser nos comentó que hacía varios años habían muerto todos los turistas que estaban visitando ese templo a manos de los rebeldes, que dispararon desde lo alto del Valle. Si te cuentan algo así es normal que te acojones un poco, porque no sabes si la persona que lleva un arma es de fiar o no.
La cena transcurrió con normalidad, exceptuando que Isi no fue a cenar por estar agotado y lo encerré en la habitación. Hay que explicar que eso de echar la llave era por seguridad, no me fiaba de dejar la habitación abierta para que nos robaran. Yasser se nos unió en la discoteca que, aunque no hubiera música puesta, tenía pista de baile y varios focos, y era el sitio perfecto para petrolearse (es decir, beber alcohol). La escasez de bebida nos desilusionó, sólo había seis botellas (ron, bourbon, martini…); me recordaba al barco de Noel y sus animales (uno por cada especie), pues esto era lo mismo. Todos procedimos a beber entre alegres carcajadas, incluso el guía se animó a beber alcohol.
Lo mejor de esa noche fue el plan que urdimos entre todos: buscar pareja a Isi. Todo lo que hablamos fue de cachondeo, ya que emparejamos hasta el tato. La coña que más perduró fue la de Yasser y María, siempre que Yasser se refería a Quino era como cuñado. Entre todos elaboramos una paranoia que era difícil de creer. Yo tenía que convencer a Isi para que se ligara a una rubia (obviemos el nombre), luego iba otro y así sucesivamente. En fin, esa noche fue una auténtica locura en todos los sentidos.
Cuando nos despedimos, fui corriendo a la tienda (mejor que el vips, abierta 24 horas) y compré un cartucho en forma de colgante para mi hermano. Lo gracioso fue que David, que yo era su habibi, me dijo que estaba más contenta de lo habitual y pensé: si tú supieras… jejeje. Me dirigí a mi camarote, que antes fui a abrirle la puerta a Isi por temor a que dejara marcada sus uñas en la puerta en caso de querer salir, y me puse a escribir un poco en el diario de abordo, a la espera que Morfeo me llamara.



Eso fue todo lo que hicimos el martes 12 de septiembre, como se puede comprobar no pude dormir hasta la una y pico de la mañana, porque echar cabezadas en el avión o el bus no lo considero descansar. Mañana relataré los templos que visitamos.
Yo también me alegro de estar en casa, aunque me gustaría seguir de vacaciones.