miércoles, 4 de febrero de 2009

Obito

Una lágrima resbaló por su rostro, deslizándose lenta y pausada por su mejilla hasta llegar a la boca, dejándole un sabor salado. ¿Por qué? Se repetía una y otra vez, ¿por qué a ella?. Sabía que el turno le había llegado, pero no era capaz de aceptarlo. Todo estaba listo para el día siguiente, ya no había marcha atrás. ¿Qué iba a ocurrir? Sabía que tenía que actuar deprisa, la situación era precaria y la idea de escapar no la tenía concebida en su mente.
Se tiró sobre la cama, revolvió las sábanas y se levantó. No paraba de recordar. Las imágenes aparecían, una tras otra, golpeándole, hiriéndole en lo más profundo. Mil agujas clavadas en el corazón no eran nada en comparación con el dolor y la impotencia que sentía en esos momentos.
Cabizbaja anduvo por toda la casa, recorriendo el largo pasillo, y se detuvo delante de la puerta. Giró el pomo, empujó con temor haciendo chirriar la puerta, y se paró delante del espejo. Su cara estaba demacrada y grisácea; sus ojos no tenía vida, eran dos canicas mal puestas. Llenó la bañera de agua, sin quitarse la ropa se introdujo dentro, y comenzó a sumergirse.
Intentó aguantar la respiración, pero salía a la superficie cuando le faltaba oxígeno, no tenía valor de suicidarse de esa forma. Vio una cuchilla a escasos centímetros de su cuerpo, la agarró y sin pensárselo dos veces se cortó las venas.
La sangre fluía de sus muñecas rápidamente, tiñendo el agua de rojo, y poco a poco iba cerrando los ojos, quedándose inconsciente. Sonrió a la espera de la muerte.

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