viernes, 13 de octubre de 2006

Diario de a bordo: tercer día, mercado

Intentar hacer una sátira de la sociedad consumista de hoy en día es complicado, aunque otros tienen una facilidad increíble para satirizar, cosa que yo no tengo. ¿Hasta que punto puede llegar a ser de sarcástica una persona? Con los años me he ido acostumbrado a esa forma de decir las cosas, un lenguaje inteligente a mi parecer, y he de decir que es difícil ser sátiros a la hora de escribir. Por lo tanto, dejemos al lado la sátira para centrarnos en nuestro tercer día de viaje en Egipto.

Las tiendas estaban colocadas de tal forma que era imposible dar dos pasos sin encontrarte otra, pegadas tela con tela, y los empleados eran tanto de una tienda como de otra. Los egipcios, acostumbrados al arte del regateo —considero que tienes que tener mucha paciencia para llegar a un acuerdo con ellos—, perseguían a su víctima con fervor, atosigando, sin apartarse de ésta ni un solo segundo. Muchas veces te veías en la obligación de comprarles algo (sí, cosas absurdas que no sirven para nada) para que te dejasen en paz, ¡qué ingenuos éramos!, porque encima de que te llevabas varios minutos negociando para adquirir cualquier tontería, te pedían una propina por comprarles, generalmente un euros. Los ciudadanos de Edfú, insistentes y amigables, seleccionaban a su victima e iban a por ella con el objeto de sacarles un precio más elevado del coste inicial. A Isi, nuestro compañero de viaje, prácticamente le estafaron, o al menos así pienso, porque compró unos timbales que al principio costaban cuarenta y cinco euros (otro objeto chorra más para sumar a la colección junto con las tres estatuas de Anubis) por unos veinte o veinticinco euros, y ese instrumento musical tiene pinta de costar menos de diez euros en un chino. Pero como ya os he dicho, muchas veces aceptamos el trato por no llevarte una hora regateando, aunque también debemos tener dos dedos de frente para aceptar o no. En fin, la cuestión era que a algunos les engañaron de mala manera y a otros pues no tanto, porque los egipcios ganaban con cualquier tipo de venta, sino no rebajarían el producto.

Yo caminaba pegada a la pared, deseando salir de ese pasillo, del ir y devenir de la gente; mi paso firme y ligero, me iba acercando más a la salida, y sin detenerme en ningún momento conseguí mi objetivo. Aunque volví a bajar para comprarme un bastón de la vida, que creo que me timaron un poco (pero no tanto como a otros), y subí corriendo en dirección a las calesas. Nuestro calesero, el 121 (era el número de nuestra calesa), se nos acercó sonriéndonos y diciéndonos que él era la persona que nos había traído. ¡Qué buena memoria tienen!; pues siendo sincera, no recordaba el rostro del egipcio.

Fuimos los penúltimos en salir. Tere se nos había perdido en las tiendas de ropa y, yo preguntaba una y otra vez por ella, era raro que no hubiera vuelto mas aún cuando la vi finalizar sus compras; mandé a Yasser a buscarla, pero no fue necesario porque ya venía de regreso. Al verla aparecer, con la cara un poco descompuesta, nos montamos en nuestro “coche caballo” (para ponerlo en andaluz) y directos hacia el barco.

En la habitación de Marian, Tere y Sele miramos las distintas compras que habíamos realizado: Tere y Marian se habían comprado un vestido cada una, semitransparentes y atrevidos, con dos aperturas verticales, uno rojo y otro negro; Sele, Quino y María optaron por chilabas blancas con sus respectivos tocados, es decir, unas telas para tapar la chorla, “¡qué graciosos estaban!”; Isi, además de los timbales (que no sé para qué se los compró si no sabe tocarlos), se compró dos conjuntitos de camisa y pantalón, estilo árabe, uno negro y otro azul, con un gorro de judío —¡eso pega más para Israel!—; y yo, un humilde bastón con el símbolo de la vida.

Nuestra Tere se quedó en sus aposentos, ¡qué bien suena la palabra aposentos!, mareada y asustada, porque en las tiendas no la habían dejado salir y se habían puesto dos hombres egipcios, en plan gorila de discoteca, en la puerta para retenerla en contra de su voluntad. Mientras que ella se recuperaba, el resto del equipo nos dirigíamos al salón para que Yasser, que ya nos había comido la cabeza la noche anterior con las excursiones facultativas, nos la vendiera públicamente y soltar “la guita”. Hay fue cuando solté, y no me dolió hacerlo, casi trescientos “ladrus” (como dirían más de uno) y me apunté gustosamente a una excusión facultativa por día, de las cuales ya hablaré más adelante. Todo el mundo no se apuntó a todas, porque hay gente que alardean y son poco fantasmas…

Bueno, por hoy Egipto está un poco más completo que el día de ayer, voy a trabajar con Óbito, así que pronto tendréis noticias de mi suicida. Espero que se os haya hecho ameno, y dejad comentarios, que aquí una se tiene que nutrir de algo, ¿no?. Que los comentarios me hacen ilusión para seguir escribiendo, y no va por el “Sin nombre” y ni por “Daniel”. Abajo, tenéis un bonito hipervínculo con el siguiente texto: agregar comentario; si pulsáis con el ratón, podréis dejarme un bonito o feo comentari, vosotros decidís.

No obstante, me gustaría dejar constancia de un escrito muy bueno, no es mío por desgracia, pero si de un amigo, se llama: Evolucionando. Esta reflexión habla del cambio constante de tus conceptos, ya sean amistad u otra cosa, en algo que tienes aferrado en lo más profundo de ti mismo, y como pueden ir evolucionando a lo largo del tiempo… Os invito a que lo leáis.

Diario de a bordo: tercer día


Ya llegamos al miércoles, sí, ya era hora de estar más cerca del fin de semana. Ahora estoy en mi pequeño habitáculo, porque se puede decir que normalmente hago vida en mi habitación, y mi cachimba me acompaña en todo momento junto con alguna canción sonando en los auriculares. ¡Qué rápido pasan las horas! Pensar que hoy he llegado antes del trabajo y sigo escribiendo a las mismas horas, mis horas noctámbulas en las que suelo encontrarme a gusto conmigo misma. Alguna que otra conversación liviana por el messenger, navegar por diferentes páginas y a escribir se ha dicho.

Después de estar el fin de semana de “picos pardos” y petrolearme más de lo necesario, he decidido que es hora de continuar con el relato. Las ganas de seguir te entran cuando te reúnes con los “viajeros” y comentas las anécdotas del viaje. Es bonito poder compartir tus impresiones con los demás, sobretodo cuando esas otras personas te han acompañado en este viaje; no obstante, para aquellos que no han podido ir, por diversas causas (económicas…), prefiero relatarles esas vivencias, ya sea charlando o por escrito, pues sé que las disfrutan y su mente les traslada al lugar y al momento.

¿Dónde me quedé? ¡Ah, ya recuerdo!

Normalmente suelo ser perezosa a la hora de levantarme, pero en este viaje no he tenido ningún tipo de problemas en ese aspecto. El día trece de septiembre no transcurrió con la normalidad que suelen transcurrir otros años en las mismas fechas, no, este día era diferente porque vimos una de las grandes maravillas de Egipto: el Templo de Edfú.

Salimos en calesas, parecido al coche caballo pero un poco más antiguo y no tan sevillano, y nos dirigimos hacia el templo. El calesero conducía como loco, sólo sabía dar latigazos al pobre caballo y gritarle en árabe (podéis haceros una idea de lo que decía), y adelantamos a nuestros compañeros. Isi, Tere y yo íbamos “acojonaitos perdíos”. Mientras Tere intentaba no caerse, yo iba embobada mirando a los egipcios que hacían sus quehaceres diarios.

Una anécdota, de tantas como tenemos, es que las calesas eran de cuatro, dos en un sitio y otros dos en otro, pues en la nuestra íbamos los tres en un mismo sitio. Sí, un poco apretados estábamos, pero por suerte estamos los tres lo suficientemente delgados para poder ir de esa forma. La cuestión es que Tere tenía miedo de caerse para los lados, sin puerta podéis imaginaros, así que hicimos un buen apaño rejuntándonos. Lo que en teoría debía ser un paseo agradable y tranquilo para poder disfrutar de la ciudad, fue un paseo en tensión. Recuerdo que Tere se puso a gritar los nombres de Marian y José, y el conductor de la calesa la imitó; nos reímos lo que no hay en los escritos.

Llegamos a una plaza llena de egipcios con sus respectivas tiendas, a mi me parecía un poco el mercadillo gitano, y fue acoso y derribo por partes de éstos. La plaza tenía forma de círculo, o al menos a mi parecer, y teníamos que dar un rodeo en el cual pasamos por todas las tiendas; la calle la tenían vallada, en plan barrera para que pasaras por ese sitio en concreto (tiendas) y no tenías escapatoria. Era como si fuésemos un ganado de ovejas, ellos te guiaban, no había opción de ir por otro lado. Debo añadir que los egipcios te empiezan a seguir y a hablar para venderte cosas, y son los vendedores más insistentes que he visto nunca.

Tras atravesar la plaza, vimos el famoso templo del Dios Halcón, Horus, y poco me faltó para abrir la boca de la impresión. Todavía no me puedo creer que ese templo sea del 237 a.c y siga tan bien conservado, de hecho es el mejor conservado allí en Egipto; y si ahora os paráis a pensar, aquí construyen una casa y a los cincuenta años está que se cae a pedazos.

Tengo la suerte que mis ojos han podido ver todo aquello que estudié. Edfú era increíble. Vi muchas veces ese templo en diapositivas, pero una cosa es verlo a través de un proyector y otra muy distinta a tenerlo en frente tuya, a estar a escasos diez metros. Nos colocamos estratégicamente en la sombra para escuchar las explicaciones del guía, y ver como éste hacía sus dibujos en la arena. Yasser, tenía un bastón en forma de camello con la cola levantada, señal de buena suerte, y completaba todas sus explicaciones con la arena, haciendo dibujos y colocando piedrecitas.

No voy a pararme a describir el templo, no, para eso existen unos libros maravillosos de historia del arte, así que quien esté interesado que los lea.

Una vez que terminamos de ver el templo, Marian y yo sostuvimos una conversación con Yasser acerca de los huecos en la pared del templo. Yo sostenía la teoría, y aún la sigo sosteniendo, que esos huecos eran por los “andamios” que utilizaron a la hora de construir; Marian me apoyaba, pero no muy convencida; y Yasser, decía que esos huecos era para la astronomía, para contemplar las estrellas. ¿Qué pensáis ustedes?

Llegó la hora de ir a las tiendas por las que antes pasamos. Yo prácticamente huía del sitio, no me gustaba la idea de comprar ahí con tanta gente, así que con paso firme avancé hasta el final, seguida muy de cerca por Marian.

Diario de a bordo: segundo día

Después de haber tenido un día agitado (clases más trabajo), por fin puedo disfrutar de un momento de tranquilidad. Ahora no hay prisas: no estoy pendiente de la hora que marque el reloj del ordenador y puedo centrarme para escribir. De fondo suena la banda sonora de “Desayuno con Diamantes”; te relajas a medidas que la vas escuchando, aunque es un poco triste para mi gusto.
Ayer nos quedamos relatando el viaje…
Una vez que habíamos almorzado fui a mirar la tienda del barco. La tienda tenía de todo: ropa, colgantes, pendientes, figuras, cachimbas…etc. Allí conocí a David, no a Bisbal (que él insistía en que no se le confundiera con ese), sino a un egipcio que era el dependiente de la tienda del barco. Al final terminé probándome chilabas y distintos velos para el pelo, porque tenía que prepararme para la fiesta egipcia del día siguiente, y me explicó la historia del cartucho. Cuando conseguí salir de la tienda me di cuenta que había estado cerca de una hora viendo cosas y charlando.
Subí las escaleras, abrí la puerta y salí al exterior. El sol molestaba en los ojos y la moqueta verde, imitando al césped, quemaba. La piscina estaba vacía, excepto por Quino, Tere y Sele. Sin pensármelo mucho me metí dentro, pero teniendo cuidado porque la piscina era de granito, de encimera de cocina, y resbalaba lo que no estaba en lo escritos —más de uno se pegó un guarrazo y estoy segura que alguien se habrá matado—. Terminé dándome mi último baño en el jacuzzi, que aquello no echaba ni burbujas y era caldito de puchero, anda que no estaba caliente ni nada el agua.
Lo más impresionante fue contemplar la puesta de sol, o mejor dicho, como Ra muere para volver a nacer el día siguiente. Mientras íbamos cruzando al esclusa de Esna nos tumbamos en las butacas con nuestra cerveza en mano (yo coca cola) y hablamos animadamente de todo lo que habíamos visto. No nos creíamos que estuviésemos en Egipto, navegando por el Nilo, pisando la tierra de los faraones. Quino, Sele, Tere y yo hicimos especial hincapié en lo maravilloso que era nuestro viaje.
Pasamos por debajo de un puente, claro que en lo alto había policías con ametralladora en mano, y esperamos a que la esclusa se llenara de agua para poder salir. ¿Sabéis la angustia que da el ver a cada pocos metros a una persona con un arma en mano? Vamos, como el que lleva una botella de agua por la calle. Además, creo recordar que en nuestro autobús se subió un policía y entró con la ametralladora apuntando directamente al conductor, menos mal que luego descargó el arma. Esa misma mañana, cuando visitamos el templo de Hatshepsut, Yasser nos comentó que hacía varios años habían muerto todos los turistas que estaban visitando ese templo a manos de los rebeldes, que dispararon desde lo alto del Valle. Si te cuentan algo así es normal que te acojones un poco, porque no sabes si la persona que lleva un arma es de fiar o no.
La cena transcurrió con normalidad, exceptuando que Isi no fue a cenar por estar agotado y lo encerré en la habitación. Hay que explicar que eso de echar la llave era por seguridad, no me fiaba de dejar la habitación abierta para que nos robaran. Yasser se nos unió en la discoteca que, aunque no hubiera música puesta, tenía pista de baile y varios focos, y era el sitio perfecto para petrolearse (es decir, beber alcohol). La escasez de bebida nos desilusionó, sólo había seis botellas (ron, bourbon, martini…); me recordaba al barco de Noel y sus animales (uno por cada especie), pues esto era lo mismo. Todos procedimos a beber entre alegres carcajadas, incluso el guía se animó a beber alcohol.
Lo mejor de esa noche fue el plan que urdimos entre todos: buscar pareja a Isi. Todo lo que hablamos fue de cachondeo, ya que emparejamos hasta el tato. La coña que más perduró fue la de Yasser y María, siempre que Yasser se refería a Quino era como cuñado. Entre todos elaboramos una paranoia que era difícil de creer. Yo tenía que convencer a Isi para que se ligara a una rubia (obviemos el nombre), luego iba otro y así sucesivamente. En fin, esa noche fue una auténtica locura en todos los sentidos.
Cuando nos despedimos, fui corriendo a la tienda (mejor que el vips, abierta 24 horas) y compré un cartucho en forma de colgante para mi hermano. Lo gracioso fue que David, que yo era su habibi, me dijo que estaba más contenta de lo habitual y pensé: si tú supieras… jejeje. Me dirigí a mi camarote, que antes fui a abrirle la puerta a Isi por temor a que dejara marcada sus uñas en la puerta en caso de querer salir, y me puse a escribir un poco en el diario de abordo, a la espera que Morfeo me llamara.



Eso fue todo lo que hicimos el martes 12 de septiembre, como se puede comprobar no pude dormir hasta la una y pico de la mañana, porque echar cabezadas en el avión o el bus no lo considero descansar. Mañana relataré los templos que visitamos.
Yo también me alegro de estar en casa, aunque me gustaría seguir de vacaciones.

Diario de a bordo: primer día

A pesar de tener una conjuntivitis catarral, la nariz como un pimiento y no parar de estornudar, aquí estoy escribiendo otra vez. Ha transcurrido una semana desde que volví de Egipto, pero parece como si hubiese vuelto ayer. Nada ha cambiado. La rutina hace su acto de presencia: trabajar, estudiar y salir. Con ello no digo que me aburra, ya que me lo paso divinamente cuando salgo, simplemente que todas las obligaciones te golpean una y otra vez. Me gusta tener responsabilidades, si no las tuviera estaría aburrida y asqueada, pero al mismo tiempo deseo disfrutar de otro tipo de actividades (leer, escribir…).

Prometí escribir un diario de abordo, lo he intentado, y transcribirlo al blog; no he tenido tiempo real para poderlo cumplir, pues ni siquiera he podido dormir de tantas cosas que tenía que visitar. Sin embargo, voy a intentar relatar, lo más fielmente posible, mis impresiones del viaje, que aunque sean desde la perspectiva de una chavala de veintiún años, servirán para crear envidia.

Comencé mi primera odisea nada más levantarme: la maleta sin terminar, sin estar vestida… y para colmo, el tiempo justo. Terminé la maleta como alma que lleva el diablo, desayuné lo más deprisa que pude, me despedí de mi madre bajando las escaleras y subí al coche, a la espera que mi padre arrancara y fuéramos al lugar de encuentro. Al llegar al “Padrino”, donde habíamos acordado, ya estaban todos ahí, metiendo el equipaje en la furgoneta. Mi bolsa, porque a eso no se le puede ni considerar maleta, estaba colocada encima de todas (al menos tenía algo de privilegio la pobre). Nada, para el año que viene Marian me va a regalar un “coño con ruedas” —como denominé yo a las trolleys—, porque tuve muchas dificultades para transportar mi “bolsa” a medida que los días avanzaban, gracias que Sele me ayudó mucho. Antes de marchar de Sevilla hicimos una parada técnica en el banco, ya que Quino tenía que sacar dinero, y de esa forma, Tere aprovechó para recoger jazmines de los árboles y usarlos como ambientador dentro de la furgoneta (¡Qué buena idea Teresita!).
Salimos de Sevilla por la carretera de las rotondas —siempre la he denominado así—, es decir, por la parte del estadio olímpico, para quitarnos el tráfico del Quinto Centenario. La Mercedes Vito tenía tres clases: primera clase, conductor y copiloto; segunda clase, Isi y María; y por último, Sele, Marian y yo en la tercera clase. Al principio íbamos alegremente charlando y fumando en la tercera clase, luego nos callamos para dejar sonar la música (canciones variadas) y al cabo del rato, soñamos con los angelitos. Hicimos varias paradas en el camino, en las cuales cambiamos los asientos, para desayunar y echar gasolina. Cuando pasamos por Despeñaperros perdí la noción del tiempo, pues aunque ascendí a segunda clase, mi nariz esnifó el olor del jarzmín y cerré los ojos, con la ilusión de que al abrirlos hubiésemos llegado a Barajas.
Debo decir que me sigue maravillando el paisaje andaluz, es curioso ir viendo los cambios de paisajes a medida que vas avanzado, y como tu vista se llega a acostumbrar a ver una zona de olivares a otra de colinas suaves, pero nunca detecta el momento en que dicho panorama cambia. Mi mente lo contemplaba como una película, fotograma a fotograma, analizando cada detalle y deseando llegar al final.
Sólo nos encontramos con un control de la guardia civil, increíble pero cierto, y no nos pararon. Pensaba que el tráfico iba a estar más controlado con aquello del carnet con puntos, craso error por mi parte, y que se extrañaría a ver una furgoneta cargada de gente (no es que estuviéramos haciendo el gafe o que Quino estuviera cometiendo alguna infracción), ya que parecíamos fugitivos —o al menos, esa paranoia me monte para entretenerme: seis horas de viaje dan para mucho).
Al fin llegamos a Madrid. Madrid, esa ciudad tan cosmopolita y con tanta afluencia de gente de un lado hacia otro. Conseguimos aparcar más rápido de lo que pensamos, fue llegar y meter la furgoneta. Al entrar en el aeropuerto, en la terminal 1, nos dirigimos directamente al restaurante, no sin antes informarnos y comprobar donde se encontraba el mostrador de imagetours para recoger nuestra documentación para el viaje. La comida era una basura, tampoco esperaba encontrarme la cocina de Arguiñano, pero un mínimo de calidad sí. Recuerdo que los macarrones, y no era la única que opinaba de ese modo, no tenían nada de sabor; era una pasta blanda que te metías en la boca y la masticabas, como si bebieras agua. Lo realmente bueno y que aconsejo a cualquier viajero es que se pida un bocata de tortilla, que te quita el hambre y esta rico.
Después de hacer la digestión, recoger nuestros billetes y facturar las maletas, hicimos una excursión por el aeropuerto. Dios mío, aquello es inmenso y fácilmente te puedes perder. Ahora que lo recuerdo, el acceso al interior está muy vigilado, teniendo que pasar por un detector de metales y la policía registra a algunas personas, como fue en el caso de Isi. ¡Oh! ¡Qué gracia!. Me estoy acordando que en mi equipaje de mano, que tuve que meterlo por la cinta de detector de metales, llevaba varias cuchillas y Marian y Sele decían que no me conocían, ya que en principio está prohibido llevar cualquier objeto que pudiera cortar; pero ojo, que aquí el que más y el que menos, llevaba una jeringuilla (Isi). Recorrimos todas las tiendas, compramos alcohol y cuadernos (Marian y yo) para poder escribir nuestras anécdotas, y esperamos a que nos avisaran de nuestro vuelo. Como es lógico, cuantas más ganas tienes de llegar a un sitio más lenta se hace la espera, y si a eso le añadimos una hora y media de retraso nos queda la desesperación.
Una vez que conseguimos montarnos en el avión, nos sentamos y nos acomodamos como buenamente pudimos, marchamos con destino a Luxor. Dicho de esa forma suena increíble, pero no, mi viaje no trascurrió muy agradable que digamos. Aquí no tenía jazmines ni conversación, sólo me quedaba un libro y mi cuaderno; así que opté por sobar. De vez en cuando, notaba como mi cuello se resentía de la postura, levantaba la mirada y observaba la pantalla del avión, así comprobaba por donde nos dirigíamos y las horas que faltaban. Eterno se queda corto. Jamás he deseado tanto llegar a un sitio como en esos momentos.
Parece ser que mis súplicas fueron escuchadas y pronto anunciaron que íbamos a aterrizar, todo esto en un español un poco cutre. Sí, mi corazón comenzó a latir más deprisa de lo esperado, los nervios estaban a flor de piel y miraba ansiosa por la ventanilla del avión, esperando ver la ciudad. Cuando las ruedas tocaron el suelo, deseé bajarme y fumar un cigarro.
Nos montamos en un autobús, más bien nos metieron un poco a presión, y llegamos a la terminal. En la cinta de las maletas pudimos ver a gente durmiendo, vamos como el que duerme en un banco, y como a escasos cinco metros había policías pidiendo documentación. Al salir al aire libre, nuestro grupo, excepto los no fumadores, se encendieron cigarro en mano mientras un hombre moreno iba pasando lista, como si estuviésemos en clase.
Cuando estuvimos los veintinueve que formamos el grupo de los habibis o mella mella subimos al autobús que nos llevaría al barco. En el interior del bus conocimos a nuestro guía, Yasser, y comenzamos a mentalizarnos que el dormir no entraba en los planes del guía. Obviando las protestas de Tere, en plan broma, nos planificó el día entero, sin darnos lugar a descansar hasta las cuatro de la tarde. Me fijé en el paisaje desértico de Luxor, o al menos en lo que mis ojos podían ver con la oscuridad, y fui haciéndome una idea de cómo era la ciudad. Vi a gente durmiendo en la calle, observé casas a medio construir y me asombré al descubrir a hombres con ametralladora en mano.
Al llegar a nuestro barco, Egelikia (creo que era se llamaba así), fuimos conducidos a la última planta para asignar las habitaciones. Cuando conseguimos entrar en los camarotes, con esas cortinas rococó y esos edredones a juego, mandé a mi compañero a ducharse mientras deshacía mi maleta y seleccionaba la ropa de expedición. En nuestro camarote había unos bocadillos de queso y cordero, obviamente los olisqueé como un perro hambriento (y había comido en el avión, pero la comida del avión no es de bufé y es escasa) y los dejé intactos, prefería esperar el desayuno.
Entrar en el comedor me recordaba mi camarote, esas cortinas que parecía que las habían adquirido en los gitanillos. Cogí un gran plato, miré todas las bandejas del bufé intentando decidirme por alguna en especial, y al final, opté por dos rebanadas de pan bimbo (más “dura que la ma”) y mantequilla. Después de que todos llenáramos nuestra barriguita, salimos a investigar el hall de entrada y a contemplar el interior del barco. Nuestra sorpresa fue al comprobar que estábamos en un cinco estrella en vez de un cuatro estrella, aunque yo en esos detalles no me suelo fijar mucho la verdad.
Lo mejor de todo fue cuando Yasser se nos acercó y nos preguntó la relación que había entre nosotros siete (Marian, Sele, Isi, Tere, Quino, María y yo). Cuando Marian comienza a explicar que Quino y María son hermanos, cosa evidente por su gran parecido; Isi y yo antes éramos pareja y que nos habíamos peleado, a pesar de dormir en la misma habitación; Marian y Sele también habían sido pareja y su relación acabo; y que Tere era la dueña del bar a donde solíamos ir; no se lo creyó y pidió confirmación a Isi. Todo hay que decirlo, Marian le aseguró que la historia era un poco heavy y que resultaría difícil de creer, pero estoy segura que a medida que los días pasaron se lo creyó. En ese momento fue cuando fuimos tomando confianza con nuestro guía, vamos desde el primer día y todavía no habíamos hecho ninguna excursión.
Tuvimos que esperar a algunos rezagados, que por culpa de éstos perdimos el autobús y aguardamos unos cinco minutos más, en la orilla del Nilo y con la claridad de la luz antes del amanecer, a que apareciera para subirnos en el. Nos sentamos en primera fila, al lado del chofer y cerca de Yasser para escuchar mejor las explicaciones. Apreciamos paisajes desérticos, gente recolectando la cosecha con sus chilabas y otros yendo en bicicleta de un lado hacia otro: aquello era Luxor. Mientras nos dirigíamos al Valle de los Reyes el guía fue comentándonos un poco de la historia de Egipto, de los faraones más importantes y de los ciudadanos. A mi parecer, y también al de Marian, la explicación nos pareció muy floja, aunque supusimos que el guía no sabe los conocimientos de cada uno y debe empezar a tantear el terreno de alguna forma. Claro está que no nos iba a dar una clase de historia del arte como si estuviéramos en la facultad, pero si esperaba mayor rigor histórico a la hora de nombrar a los faraones.
El bus aparcó delante de varios policías armados, raro era ver a un policía sin arma en mano, y todos nos bajamos. No esperaba que aquella montaña fuera el famoso Valle de los Reyes, a pesar de haber leído a Christian Jacq o haberme estudiado las tumbas más representativas, no imaginé en ningún momento que forma tendría el famoso Valle. Ahí me llevé mi primera sorpresa, pues nunca pude dibujarme una imagen mental del lugar donde se encuentran la mayoría de las tumbas de los faraones. Sabía la forma que tenían las tumbas, eso no me cogió por sorpresa, pero el sitio en el cual se encuentran no lo tenía tan claro.
Avanzamos en un mini trenecito, de esos que llevan a los turistas por cualquier ciudad de España ( en Toledo hay varios), y, poco a poco, nos acercamos a la entrada de la tumba de Ramsés IV. El guía nos insistió en que entráramos y más tarde nos explicaría, para así tener una idea de lo que hay en el interior. No podíamos hacer fotos con la cámara, vamos ni asomar la funda de ésta, y a Quino le quitaron el móvil por utilizar la cámara. Como dice Quino: “He hecho unas cuantas fotos y además me quité del peso del móvil mientras terminaba de ver la tumba”. (Si no me equivoco esas fueron sus palabras textuales). Yasser dio la explicaciones pertinentes a la tumba que acabamos de ver y nos enseñó, a base de dibujos en la arena, los primeros enterramientos (en las mastabas) hasta llegar a los templos. Todo hay que decirlo, después de desarrollar la forma de enterramiento de los primeros egipcios se llevó nuestro apoyo como guía. Seguimos viendo la tumbas de Ramsés III y Ramsés IX. Sí, vimos muy pocas tumbas para todas las que hay, pero es que el tiempo iba en nuestra contra y todavía quedaban muchas cosas que ver, y no habíamos podido sobar nada.
Cuando entré en el primer templo me maravillé. No podía creerme que yo estuviera allí, en Egipto, en el Valle de los Reyes. Y pensar que estuve a punto de no ir, todavía me horroriza la idea de pensar que podía haberme perdido ese viaje tan bonito. El templo estaba conservado estupendamente, aunque te agobiabas en el interior por la falta de oxígeno y por todos los turistas que había, merecía la pena contemplar los relieves en la pared y mirar el techo estrellado, con la diosa Nut. Entre Marian y yo pudimos “descifrar” el viaje que hace el muerto, el faraón en este caso, hacia el paraíso en su barca y vimos el juicio de Maat. Todo lo que cuente es poco, es ir para ver, las fotos se quedan cortas.
Dejamos el Valle de los Reyes a un lado, aunque para tener que irnos tuvimos que esperar a Isi que se había quedado atrás comprando tres perros de anubis. En serio, pienso que le estafaron de mala manera, veinticinco euros tres perros de piedra maciza negra (no era ni granito ni nada) y que pesaban más de veinte kilos. Los perros dieron mucho juego durante todo el viaje, ya iré contándolo.
Allí, a escasos metros, teníamos el famoso templo de Hatshepsut. Recordaba diapositivas de este templo, pero el verlo me impresionó pues está en parte excavado en la tumba y otra es exterior. Además, en el Valle de las Reinas pude participar en un teatrillo casero, en el cual Tere era la princesa y yo su hija, Hatshepsut. El video lo grabó Isi, pero el niño lo borró por no tener memoria (sin comentarios, por favor). Estuvo graciosa la historia de esta mujer contada de esa forma, estoy segura que jamás se me olvidará como su hijo, Tutmosis III destruyó todas sus obras; y el amor que compartió con su arquitecto Senmut.
Subimos todos los escalones que nos llevaban hacia el templo, que lo escalones mandaba cojones y el sol apretaba más, e hicimos numerosas fotos. La vista desde lo alto del templo era impresionante: veías una tierra árida y luego, como si tu imaginación te jugara una mala pasada, todo verde. Aquello si que era increíble.
Después de recorrer el templo, visitar los colosos de Memnon, llegamos a Karnak. Si ese templo que casi todo faraón ha aportado su granito de arena. Yasser nos relató la historia, aunque algunos estaban que se caían de sueño, veáse el caso de Isi que se quedó dormido en la base de una columna (como el que toma el sol en la playa). Una vez que hicimos el recorrido pertinente, ya no podíamos con nuestras almas y a Marian le entró un ataque de risa al ver a Ignacio y a Isi sobar tranquilamente con las explicaciones del guía. ¡Marian que vergüenza reírte tan descaradamente y el guía pensaba que te reías del escarabajo pelotero! Jajaja. Esos ataques de risa eran producidos por la falta de sueño, tengo comprobado que mientras menos duermes más hiperactivo te encuentras (ese es mi caso). Total, aprendimos los números egipcios y fuimos a tomarnos un refresco a la cafetería.
Oh, sí, nuestra última visita: Luxor. Ya eran las tres de la tarde, el calor era insoportable, el hambre empezaba a aparecer y el sueño seguía presente en algunos. Luxor era fantástico, vimos el interior del templo e hicimos varias fotografías. Sólo tengo vagos recuerdos del templo, me acuerdo de la historia de Alejandro Magno, de las pintadas de los cristianos… pero debo confesar que no lo disfruté tanto como me hubiera gustado. Ya te digo, 24 horas sin dormir tienen que afectar de alguna manera y si le sumamos las altas temperaturas, ya me dirás.
Nos subimos a nuestro autobús para ponernos en marcha a Esna, que lo separaban 58 km, aunque aquí en España se hubieran recorrido en nada de tiempo, allí tardamos hora y media en autobús. Las carreteras no están bien acondicionadas y, eso, que nuestro chofer iba rápido. La forma de conducir es un poco suicida como dice nuestro Sabina en su canción, pero al menos llegamos sano y salvo. En el camino a Esna aprovechamos para sobar y coger fuerzas para el resto del día.



Bueno, aquí dejo de momento mi itinerario… ¿Os va gustando? Mañana prometo actualizar, o eso espero. A ver si me entretengo en revisar lo que he escrito para editar mis faltas ortográficas.

¡Ya llegaron!

Ya estamos en el mes de septiembre, ¡qué verano más corto!, y con este mes han llegado mis vacaciones, aquellas que tanto ansiaba. ¡Qué exagerada soy! Lo sé. En realidad mis vacaciones han comenzado hoy, ya que he estado trabajando durante esta semana en un bar. Sí, sirviendo comidas, cervezas y algún que otro café. En mi trabajo, para quien no lo sepa soy teleoperadora de una compañía de móviles, cogí las vacaciones desde el 30 de agosto y desde estonces no he parado; cierto es, he tenido vacaciones de una semana pero siempre coincidían con exámenes y clases.
Es increíble como las personas pueden decepcionarte de un día para otro y viceversa. Últimamente vivímos rodeado de la superficialidad, de las apariencias y poco más. ¿No hay nada más? Hoy hablaba por el mesenger con un amigo, Scabio, acerca de la amistad y no llegamos a coincidir. A veces pienso que la amistad es relativa, aunque intento creer lo contrario. La mayoría de las personas se mueven por su propio interés, siempre buscando sacar algo en beneficio y una vez que lo han conseguido desaparecen. Son pequeños hechos que van haciendo que pierdas la confianza en esa persona, en que no la incluyas en tus proyectos furutos y la tachas de esa lista que te creas con los años. Lo mejor es no esperar nada y dejar que te sorprendan, pero cuando conoces a alguien de muchos años y te falla es difícil. No es que me afecte, bueno en realidad sí, pero me jode mucho la hipocresía. ¿Acaso somos todos hipócritas? En el fondo todos tendemos a mentir con alguna finalidad.
Cuando vuelva de mi viaje prometo actualizar más. Un beso a todos aquellos que visitáis este blog.