viernes, 18 de agosto de 2006

Viajera (I)

Mi brújula no marca norte o sur, ni tampoco este u oeste, sólo me señala lo que yo más quiero. Ahora bien, ¿qué es lo que deseo?. Ese es el quid de la cuestión. Avanzo lentamente, no fijo un rumbo, simplemente mis pies me van guiando, quizá a un sitio que no quiero, pero yo así lo he decidido. Alzo mi mirada hacia las estrellas, es precioso poder contemplar alguna constelación, y trazo mentalmente a Casiopea, ya que en una ciudad es complicado admirar alguna constelación. Tiemblo. Tiemblo con la sola idea de ver mis sueños destruidos, aniquilados por mi misma, y estar en continua persecusión de una quimera. Pienso -sí, la mayoría de las veces lo hago-, que mi quimera poco a poco va convirtiéndose en real, descubriendo lo que yo más quiero en estos momentos. Haré como "Jack Sparrow", que volvió a "La perla negra" dándose cuenta de lo que señalaba su brújula. Asimilaré mis deseos, tiempo al tiempo. Dejaré que el destino siga su curso, pues así lo he decidido. No me embarcaré a la deriva, esta vez giraré antes de chocar contra las rocas, ya sea a babor o a estribor, lo importante es esquivarlo sin perder de vista mi rumbo. Estoy segura de que un tesoro se encuentra perdido en lo más profundo del océano, esperando a que yo lo encuentre. No me enriqueceré de joyas, sólo me alimentaré de conocimientos y me llenaré, no los bolsillos sino espiritualmente.

Ya falta poco para emprender mi viaje, los días van quedando atrás tan rápidos como las agujas del reloj dan vueltas y más vueltas sin que me de tiempo para fijarme en ellas. Todavía me quedan unos cuantos ocasos. Cada día voy aprendiendo más cosas sobre Egipto, intentando empaparme de su arquitectura, de sus dioses y de su esplendor. Rememoro mi año en la facultad, acordándome de ligeras pinceladas sobre esta tierra, sobre sus faraones y sus conflictos; lo echo de menos. Me siento como una niña pequeña a la que le han dado un puzzle, encajando las piezas torpemente, buscando e investigando más allá del Nilo. Llevaré un diario de abordo, como solían llevar antiguamente los capitanes (no sé si actualmente se sigue esa costumbre), y anotaré cada día, deteniéndome a la hora de escribir en las cosas más importantes, mis impresiones. Ya me veo allí. Estamos todos reunidos: Tere, Quino, la hermana de Quino (que todavía no sé el nombre), Josele, Isi, Mariana y yo. ¿Qué cosas nos esperarán? ¿Despertaremos a algún faraón de su sueño eterno después de haber conseguido salir victorioso del juicio de Osiris, interrumpiendo sus trabajos en el Más Allá, aunque estos trabajos lo hacían los ushebtis, figurillas de madera destinadas a servir al faraón? ¿Seremos capaces?.

Ya me veo en Egipto, leer y veréis que odisea:

Quino va conduciendo nuestra "Mercedes Vito" camino Despeñaperros, mientras Tere, Mariana y yo vamos poniéndole música a la furgoneta, entonando cada letra de la canción como mejor podemos. Afortunadamente para nosotros aún no ha empezado a llover, a pesar de lo mal que cantamos. De vez en cuando el coche pega algún que otro frenazo brusco, pero no tiene nada de importancia. El humo de los cigarros agobia el ambiente, tanto que es necesario bajar las ventanillas para no asfixiarnos. Los coches que nos adelantan van a gran velocidad, con el riesgo de perder puntos (con esta nueva ley nunca se sabe) y alguno que otro nos pita. Al escuchar el segundo pito, un sonido desagradable, no más que nuestras propias voces a la hora de cantar; Isi empieza a pegar chillidos como un histérico y corralero para mostrar su indignación y agitar el ambiente. Yo me indigno ante semejante situación: no soporto que nos adelanten de esa forma; uniéndome a la causa de Isi, comenzamos a meter presión al conductor para que acelere. Todos están a favor de que tenemos que adelantar al renault rojo, aunque Mariana se niega en profundo.

Las horas parecen que pasan más lentamente de lo esperado. Ya no hay ganas de cantar, tampoco de fumar y está demasiado oscuro para leer; así que me hundo en mis pensamientos. Me excito con la sola idea de que dentro de poco estaremos cogiendo un vuelo con destino a Egipto, cavilando y repasando mentalmente todas las dinastías, pirámides, templos y museos que vamos a visitar.

Un codazo me interrumpe, sacándome de mi ensimismamiento. A lo lejos se distinguen muchas luces, como si estuvieramos en plena feria de abril, y Quino comienza a disminuir la velocidad. Un agente de la guardia civil nos hace señas para que paremos el coche y nos acerquemos al arcén. El agente, un hombre bastante mayor para estar de servicio a esas horas, nos mira uno a uno y pide los papeles de la furgoneta. Otro agente, mucho más joven que el otro, nos pide que bajemos del coche y le enseñemos la documentación. Quino comienza a habar con él, contándole que nos vamos de viaje a Egipto y que hemos alquilado la furgoneta. Isi se pone a hablar con el otro agente, diciéndole que su madre trabaja en la policía y que es normal que haya este tipo de controles. Una vez que han comprobado nuestra identidad nos dejan marchar y nos desean un buen viaje.

Por fin llegamos a Madrid... La ciudad está abarrotada de coches, el tráfico es fluido por ser de madrugada, y está plagado de grandes edificios altos. Es la primera vez que veo Madrid, no me gusta para vivir, es demasiado para mi, prefiero mi ciudad. Nuestra misión es encotrar el aeropuerto y avisar al amigo de Tere para que recoja la furgoneta, ya que embarcamos dentro de tres horas. La alegría se ha contagiado otra vez en la furgoneta: hemos llegado a nuestro primer destino sin ningún percance. Todos pensábamos que el coche no iba a llegar, que ibamos a pichar, que un moro nos atracaría... Parece que exageramos al plantearnos todo eso, pero más vale prevenir que curar.

El aeropuerto es muy feo, o al menos, desde mi punto de vista. Muchos turistas esperando impacientes su vuelo, otros durmiendo en los bancos, la policía con sus perros investigando que no haya nada sospechoso, y la cafetería llena, clavándole a cada cliente un dineral por un maldito café. Es entretenido contemplar ese ambiente, tan distinto al aeropuerto de Sevilla, y a la vez tan raro. El aeropueto es tierra de nadie, o al menos, eso dicen en la película de "La terminal" de Tom Hanks.

Todos estamos cansados, deseosos de coger el avión y dormir apaciblemente en el asiento, aunque no creo que sea tan cómodo como una cama, pero algo es algo. Con la oreja inclinada hacia la derecha escucho la voz, esa voz que se repite tres mil millones de veces en el día, indicando que nuestro vuelo está a punto de partir. Ya hemos facturado todo el equipaje, permitiéndonos llevar el bolso a las mujeres.

De momento aquí dejo la odisea del viaje... intentaré recontruir nuestro viaje antes de realizarlo, para poder comprobar si es como lo esperaba o no. Espero que lleguemos todos a buen puerto.

miércoles, 9 de agosto de 2006

Mente

Muchas veces me he preguntado cómo de compleja puede llegar a ser la mente, nunca hallo una respuesta que me convenza. Me preocupa no comprender mi propia mente, mis pensamientos y sentimientos, creo que a todos nos viene el desconcierto alguna vez. ¿No os habéis cuestionado vuestros actos en algún momento de vuestra vida? La mayoría de las veces lo hago de forma intuitiva, siempre he intentado mirar “los pros y los contras”. Intento hilvanar mi vida, pedazo a pedazo, con la esperanza de llegar al entendimiento, a alcanzar ese momento de paz que en numerosas ocasiones hemos escuchado o leído. La soledad no es nada en comparación con la incomprensión de nosotros mismos, pues cuando no asimilamos nuestra forma de ser estamos perdidos, realmente perdidos; sin embargo, esta soledad puede llegar a jugarnos malas pasadas y hace que nos replanteemos nuestros pensamientos. La soledad no deber ser un estrago en el camino, pues hay veces que necesitamos estar solos para vislumbrar la cima.

Me maravillo con el poder de la mente, porque es la única que nos puede transportar a otros mundos. Afortunada me considero por ser poseedora de una gran imaginación. Puedo recorrer muchos kilómetros, navegar en alta mar, volar como un pájaro, escalar montañas... y soy feliz con sólo pensarlo. ¿Quién sabe si mañana me veo en Lassa? ¿Quién me iba a decir a mi que dentro de un mes voy a estar en un crucero por el Nilo? Soñé que un día viajaría al continente africano y mi sueño poco a poco se va haciendo realidad. Soñé con tener un amigo fiel y ahí lo tengo. Soñé... y eso es lo importante. No dejes de soñar, es una pena, y sin sueños no hay ilusiones, porque los sueños y las ilusiones se nutren juntas.

Deseo aislarme del mundo. Quiero encontrarme con mi alma, abrir el tercer ojo —como hacen los monjes tibetanos— y percibir mi karma (me refiero a mis vidas pasadas, a mis hechos y la causa de éstos). ¿Tan complicado es? Quizá, en alguna determinada circunstancia, uno se embarca en una búsqueda espiritual para estar en paz consigo mismo, ¡a todos nos ocurre alguna vez!. Ni pensar quiero creer que las personas sean tan superficiales, pues vivo con el optimismo y así he de seguir.

Os invito a todos, mis “queridos lectores” (que bien suena eso de queridos), que os replantéis la existencia de uno mismo. Os invito, ya que no tengo que pagar nada, a que hagáis con la mente lo que no podéis hacer en la realidad, o al menos de momento. Os invito a que os conozcáis un poco más. Os invito...

domingo, 6 de agosto de 2006

Dicen por ahí...

Dicen por ahí que el ser humano es capaz de tropezar varias veces en una misma piedra, creo que es verdad. Dicen por ahí que el ser humano es capaz de amar a varias personas a la vez, creo que es verdad. Dicen por ahí que el ser humano es capaz de superar los obstáculos que se cruzan en el camino, creo que es verdad. Dicen por ahí... ¿Cuántas veces hemos escuchado “dicen por ahí”? Creo que un millar. Tenemos una película que se llama así, además. Si nos damos cuenta nos hemos ido formando como personas gracias a esos “dicen por ahí”, pero no nos paramos a analizar cuánta verdad contienen. No sé si mis pensamientos serán los más certeros, pero eso no importa, ya que es mi opinión. Tengo mis inquietudes al igual que cualquier ser humano, aunque hay veces que pienso que hay personas que no las tienen. Tengo mi forma de ver la vida, muy diferente a cualquier otra. Tengo mis conceptos de amistad, amor...muy arraigados en mi, influenciados por mis familiares y amigos. Tengo... Siento que el mundo avanza de forma vertiginosa, incapaz de detenerlo, pero sin que éste me deje atrás.

La nostalgia es buena hasta un cierto límite. ¿Dónde está esa barrera que nos auto imponemos? Ser nostálgicos nos invita a revivir momentos del ayer, indistintamente que hayan sido buenos o malos. Creo que al pertenecer al pasado nos ayuda a seguir andando, a evitar cometer errores que ya se han cometido en el camino. No debemos asociar la palabra nostalgia con pérdida, sería un equívoco. Además, como dice mi buen amigo Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, si extrañas algo que nos ha tenido es una quimera, porque no es posible extrañar una cosa que no has alcanzado. Otros dicen que la nostalgia puede convertirte en estatua de sal, de Enrique Muriga. En cambio, la nostalgia debemos anclarla en buen puerto y el barco debe estar listo para partir, con rumbo fijo y navegar en alta mar, no debemos permanecer mucho tiempo con ella sino nos carcomería el alma.

sábado, 5 de agosto de 2006

Mi primer relato

LUNATIEN


A lo lejos se distinguía un bosque, con árboles frondosos y prominentes. Las ramas de éstos cobraban vida a través del viento, que azotaba con violencia las hojas haciéndolas formar un remolino. Nada estaba en calma. El búho mantenía sus dos grandes ojos bien abiertos, estáticos y atentos. Su mirada estaba clavada en un punto fijo, escuchó un ruido y, giró su cuello largo y flexible; alzó el vuelo y planeó hacia el suelo, situó sus garras hacia delante y las cerró en el momento en que agarró al roedor, ya perforado por sus largas y finas uñas.

Isabelle contemplaba la escena maravillada. Le encantaba recorrer Lunatien, el país que la vio nacer, con sus praderas, bosques y lagos. No hacía ni una hora que había llegado de Odien, a más de trescientos kilómetros, junto con Pyros, su caballo. Tenía ganas de ver a sus padres, a los cuales no veía desde los quince años; a sus amigos, aquellos que le demostraron en numerosas ocasiones la importancia de la amistad; y sobretodo, de ir a la gran catarata de Iria.

Pyros relinchó, captando la atención de Isabelle.

—Calma muchacho —murmuró acariciándole su pelaje níveo. Éste volvió a relinchar, cada vez más inquieto —. Tranquilízate, ya casi hemos llegado.

Una piedra cayó desde lo alto de la montaña. Isabelle miró hacia arriba, mientras que con una mano detenía a Pyros en su marcha, con la otra señalaba el lugar de donde había caído la piedra. La montaña desapareció cuando apuntó con el dedo índice, quedando una llanura desoladora, y escondido tras una roca un niño reía. Le hizo un gesto y salió de su escondite, corriendo a los brazos de Isabelle.

—¡Cuánto has cambiado mocoso! Si eras un renacuajo cuando te dejé. —exclamó sosteniéndole fuertemente y dándole besos.

—¡No me des besos! Soy todo un hombre, y a los hombres no se les “besuquea” de ese modo —contestó sacando pecho.

Isabelle volvió a señalar a la llanura, y ésta se convirtió en montaña, recreando el mismo paisaje. Alzó a Branag subiéndolo a lomos del caballo, ella montó también, y le susurró a Pyros:

—Vuela como tú sabes, llévanos a casa, precioso.

Pyros cabalgó hacia el barranco, rápido y veloz, y saltó cayendo al vacío. Antes de caer al suelo, éste abrió sus alas grises, enormes y suaves, elevándose al cielo estrellado.

Guiado por las indicaciones de Isabelle aterrizaron en un cobertizo, al lado de un molino, y siguieron a pie, dejando descansar al caballo. Golpeó la puerta tres veces, como era costumbre en Lunatien, y entró seguida por Branag. En el centro de la habitación había una mesa de hielo, con sus respectivas sillas haciendo juego, y una botella de madera, en cuya etiqueta ponía: “Escabiar, lo mejor de Scabio”. Isabelle no pudo evitar sonreír al ver la marca de la botella, una bebida muy distinguida en Lunatien, y la comarca era muy conocida, Scabio, cerca de la catarata Iria.

Evocó aquel día en que jugaba con Nerea en la bodega de su casa; su padre, un hombre erudito en todo lo referente a las bebidas alcohólicas de Lunatien y sus alrededores, e inculto en cuanto a las tradiciones, tenía una colección de barriles de cerveza azul, vinos verdes y licor negro, bebida alcohólica de más de 60º. Nerea que estaba enfadada con el Sr. De Caer, su padre, por la negativa de éste ante la idea de irse a estudiar a Odien, el colegio más prestigioso de crías de animales y criaturas oscuras; decidió que ya era la hora de probar ese licor negro, que para los menores estaba prohibido, y perforó el barril con un punzón puntiagudo. El líquido oscuro comenzó a salir por el pequeño agujero, usando de vaso sus propias manos, y apresuradamente se lo llevó a los labios, antes de que éste fuera a parar al suelo. Isabelle, que miraba a su amiga beber de esa forma, quiso seguirla en su locura y sin pensárselo dos veces, unió sus dedos, a modo de cuenco, y la imitó. Al bajar el Sr. De Caer a su bodega, a su preciado tesoro, y descubrir la aberración que había hecho su hija con su barril más caro, “Escabiar, lo mejor de Scabio”, se tambaleó del susto, cambiando la expresión de su cara de atemorizado a enojado. Agarró a Nerea de su pelo plateado, arrastrándola varios metros, y la azotó con violencia, pegándole un latigazo tras otro, hasta que la chica se disculpó y suplicó que parase.

Rió ante el recuerdo, no por los latigazos que recibió Nerea, que en realidad iba prevenida y siempre llevaba debajo de sus vestidos un “paralizador de golpes”, un objeto invisible que te protege de cualquier golpe; sino por la resaca que tuvieron, que no se les pasó hasta la semana siguiente, teniendo que tomar algas para el dolor de cabeza.

—De qué te ríes.

—Nada, nada. ¿Dónde están mamá y papá? —inquirió. Se dirigió a la cocina al oler a quemado, apartando la olla de cerámica del fogón. Abrió la tapa. Fue una grata sorpresa el encontrarse pelos de ratas con gusanos y salsa de mar. Olfateó el aire, analizando de uno en uno los distintos olores: cebada, jengibre, azufre, gusanos, ratas, algas y agua marina. Allí, al fondo de la cocina, la puerta del armario se encontraba abierta, moviéndose por la corriente de viento que circulaba.

—Isabelle, ¡qué grande y qué guapa estás! —exclamó su padre, que salió del armario agarrando un bote de mermelada—. Cuéntame, vienes a cumplir la promesa, ¿no? —al ver el movimiento de afirmación de la joven, continuó—. Todos esperábamos tu llegada al saber que hoy se cumplirían diez años de tu partida. Has llegado justo a tiempo. Te quedan dos horas para ir a Iria. Come algo y luego ve a cambiarte.

—Gracias papá, yo también me alegro de verte. ¿Ella me espera allí, verdad?. Debo darme prisa, no quiero que coja una pulmonía por mi culpa.

Subió las escaleras, que estaban formadas por hojas de helecho, hasta su habitación. Todo estaba como la última vez: la cama llena de cojines de agua, la butaca meciéndose al compás de la melodía, y su ventana abierta de par en par. Levantó una tabla del suelo, dejando al descubierto un medallón de oro, símbolo de la Diosa Lunatien, que es la que da nombre al lugar, y volvió a colocar el tablón en su sitio. Limpió el polvo acumulado del colgante, dejando ver una inscripción: “Estrella de seis puntas, luna nueva y Süyl”, en el reverso de éste aparecía una imagen de Lunatien.

Se vistió con la túnica de la ceremonia, larga, transparente y con letras bordadas en hilo de oro, y se recogió su pelo rojo en un moño alto. El medallón le colgaba del cuello, y hacía juego con el puñal que llevaba en su mano. Se despidió de su padre, prometiendo regresar pronto y avanzó en la oscuridad del bosque.

Notó la presencia de su amigo, iba a su lado, como si de su propia sombra se tratase. Siempre fiel, caminaba a su vera, dejándose ver por la noche gracias a la luz que proyectaba la luna. Vestía su habitual túnica, desprendiendo su característico olor a quemado, y arrastraba los zapatos, levantando la tierra por el camino. No recordaba cuándo lo conoció, sólo sabía que desde pequeña le acompaña siempre. La habían llamado loca, loca por hablar con alguien que otros no pueden ver, loca por ver cosas que carecen de sentido lógico para la mente humana. La magia es normal, pero si ves algo más allá de tus conocimientos es paranormal.

El camino había vuelto a cambiar. Estaba cerca, lo presentía. Se decía que en lo más profundo del Bosque de Corpes habitaban los Tengus, mitad humanos mitad pájaros; seres bromistas que cambiaban lo senderos a su voluntad, haciendo que el viajero se pierda en su viaje. Tenía que dejarse guiar por la dirección del viento, que soplaba con fuerza hacia el noreste.

Allí, a lo lejos escuchó el ruido del agua al caer por la catarata.

Descendió por las rocas. Llegó hasta el lago, donde estaban reunidas tres mujeres, completamente desnudas a la luz de la luna, y le hicieron gestos para que se acercara. Isabelle, mantenía su puñal en alto, como así lo requería la ceremonia, y fue introduciéndose lentamente en el agua. El agua estaba helada. Pronto el frío invierno lo congelaría todo, cubriendo con una fina capa de hielo el lago y con un manto blanco el bosque.

—Isabelle, Isabelle, Isabelle... —repetían al unísono las tres mujeres, los ojos de éstas eran rojos, al igual que sus labios. Isabelle siguió avanzando, cuidadosa de no tropezar con alguna piedra—. Isabelle, Isabelle...

La joven se detuvo. No debía tener miedo, entre esas mujeres estaba su madre, su progenitora, y no le iban a hacer daño. Sabía que su poder mental no era efectivo en el agua del guardián, Süyl, que se encargaba de anular cualquier don que tuvieras. Ahí estaba la verdad, lo tenía demasiado cerca pero a la vez tan lejano... El coro seguía llamándola, cada vez más fuerte. Notó un roce en su pierna, le empezó a picar todo el cuerpo, y el agua la succionó hacia dentro. No podía respirar, se estaba asfixiando y Süyl le había agarrado su pie con fuerza. Cortó la mano de Süyl con el cuchillo, y pudo salir a la superficie.

—Isabelle, Isabelle... —cantaban todas mientras bailaban alrededor de ella. La habían rodeado cuando estuvo sumergida en el agua.

«Ahora o nunca», pensó Isabelle. Sujetó con fuerza el cuchillo, se abalanzó sobre su madre atravesándole con el puñal el hombro, y lo dejó caer al fondo del lago. Ahora era la parte más difícil, tenía que luchar con Él, para que le dejara usar sus poderes en el lago, y completar al fin la promesa hecha a Nerea: ser la guardiana del lago.

Salió del agua, dejando un charco a su paso, y se dirigió a la cueva que había detrás de la catarata.

Süyl —gritó con todas sus fuerzas—. Vengo a ti, tal y como prometí. He derramado sangre de mi sangre, he perfeccionado mis conocimientos sobre las crías de animales y criaturas oscuras, y mejorado con mis poderes mentales. Yo, Isabelle de Cair, te reto a luchar conmigo.

No obtuvo ninguna respuesta. El interior de la cueva estaba oscuro y resbaladizo. Esperó hasta que sus pupilas se dilataran, acostumbrándose al lóbrego socavón, y con sus manos tanteaba la pared mientras andaba, con pies seguros y firmes. Llegó al final de la cueva, encontrándose una habitación iluminada, cegándole los ojos. Cerró los párpados y los abrió poco a poco. En esa pequeña sala había un altar, una estrella de seis puntas dibujadas en el suelo y una sombra. La madre de Isabelle se encontraba tendida en el altar, totalmente seca, y con la herida sangrando.

Süyl muéstrate ante mí.

Una carcajada resonó por toda la habitación, produciendo eco.

Una lanza se clavó en el pecho de Isabelle, miró hacia la lanza, y cayó desmayada por el dolor que sentía.

—Corre, corre —decía una niña con el pelo plateado. Isabelle iba siguiendo a esa niña.

La noche era oscura, fría y desoladora. Nada era lo que parecía. Ni aquel árbol alejado en la cima, del que en vez de hojas, colgaban cadáveres: hombres ahorcados y sujetos del cuello gracias a las ramas. Los cuervos estaban apoyados en los hombros de los muertos, moviendo los ojos de un lado a otro, y picoteando la cuenca de éstos. La piel de los caídos colgaba a jirones y la sangre alimentaba el árbol.

Isabelle se asustó al ver esa horrorosa imagen. Allí, al frente, tenía a su maravilloso Árbol de la Vida, su segunda casa, cubierto de extintos cuerpos humanos destrozados por las aves carnívoras. Pestañeó varias veces, intentando creer que todo era producto de su imaginación provocada por la herida. Gritó con ímpetu, tenía ganas de vomitar, las arcadas le producían espasmódicas convulsiones. Vomitó. Su garganta se resintió, dejándola con un sabor amargo en la boca.

Recobró el conocimiento. Se sorprendió al ver que no tenía ninguna herida mortal y que se encontraba perfectamente.

Süyl, da la cara. Quiero luchar contigo para ser la guardiana del lago.

Otra risotada se escuchó.

—¿Crees que puedo permitir que tú ocupes este puesto tan fácilmente? —preguntó una voz grave y fuerte.

Isabelle no daba crédito a lo que sus ojos veían. En lo alto del altar estaba Süyl, con una túnica negra, y sus ojos eran rojos. Le recordaba a su amigo fiel, que siempre le acompañaba un rato todas las noches hasta que desaparecía.

—Tú —señaló con la boca abierta—. Todos estos años y no me has dicho nada...

Süyl caminó lentamente hacia ella. Isabelle cogió el puñal de su madre, con la empuñadura de un pequeño fénix, y arremetió contra el guardián. Éste lo esquivó con facilidad. Siguió atacando a Süyl, pero era en vano, cada golpe lo esquivaba con la misma facilidad. En cambio, ella tenía varios rasguños causados por el contraataque de Él.

«Rápido, piensa en algo. Si mis ataques no surten efectos, puede que la magia del medallón, la estrella de seis puntas y la sangre de mi madre, junto con la luz de la luna... ¿Qué tengo que hacer? ¡Ya lo tengo!», pensó la chica.

Volvió a golpear a Süyl, que le devolvió el golpe con fuerza, pero Isabelle consiguió esquivarlo. Sin darse cuenta, Süyl había abierto una abertura en la pared, lo suficientemente grande para que el rayo de la luna incidiera en la estrella de seis puntas, donde estaba colocada la madre de Isabelle.

Lunatien, diosa mía, se mi guía en la oscuridad de esta noche, de mi iniciación y proclamación para guardiana del lago. Süyl ha cumplido su cometido por más de mil años, ya es la hora de que lo dejes ir. —recitó en el centro de la estrella, con el medallón en lo alto de su mano—. Escucha mi súplica, déjame ser tu guardiana, libérale —terminó de recitar haciéndose un corte en la palma de la mano.

La luna se tiñó de rojo. Un rayo bajó del cielo para embestir a Isabelle, y su pelo empezó a arder junto con su túnica. Sus manos se iban descomponiendo, carbonizándose, al igual que su cuerpo, y el medallón brilló en todo su esplendor. Isabelle se derrumbó en el suelo, no podía respirar, y tenía mucho calor, necesitaba ir a las heladas aguas del lago. Perdió el conocimiento.

—Sí, eso fue lo que pasó con la guardiana del lago. Ella es la elegida por Lunatien —relató Branag. Dos niños le miraban ansiosos por saber más sobre las leyendas de Lunatien—. Ya es hora de que os vayáis a la cama, que es muy tarde y vuestra madre no quiere que os acostéis a estas horas.

Empujó a sus hijos con suavidad, mientras iban subiendo las escaleras, que estaban formadas de helecho, su hijo mayor le preguntó:

—¿Qué pasó con Süyl?

—¿De verdad quieres saberlo? —miró a su hijo. Los ojos de Branag se volvieron rojos y la señal del medallón apareció en la palma de su mano.

FIN