Ya llegamos al miércoles, sí, ya era hora de estar más cerca del fin de semana. Ahora estoy en mi pequeño habitáculo, porque se puede decir que normalmente hago vida en mi habitación, y mi cachimba me acompaña en todo momento junto con alguna canción sonando en los auriculares. ¡Qué rápido pasan las horas! Pensar que hoy he llegado antes del trabajo y sigo escribiendo a las mismas horas, mis horas noctámbulas en las que suelo encontrarme a gusto conmigo misma. Alguna que otra conversación liviana por el messenger, navegar por diferentes páginas y a escribir se ha dicho.
Después de estar el fin de semana de “picos pardos” y petrolearme más de lo necesario, he decidido que es hora de continuar con el relato. Las ganas de seguir te entran cuando te reúnes con los “viajeros” y comentas las anécdotas del viaje. Es bonito poder compartir tus impresiones con los demás, sobretodo cuando esas otras personas te han acompañado en este viaje; no obstante, para aquellos que no han podido ir, por diversas causas (económicas…), prefiero relatarles esas vivencias, ya sea charlando o por escrito, pues sé que las disfrutan y su mente les traslada al lugar y al momento.
¿Dónde me quedé? ¡Ah, ya recuerdo!
Normalmente suelo ser perezosa a la hora de levantarme, pero en este viaje no he tenido ningún tipo de problemas en ese aspecto. El día trece de septiembre no transcurrió con la normalidad que suelen transcurrir otros años en las mismas fechas, no, este día era diferente porque vimos una de las grandes maravillas de Egipto: el Templo de Edfú.
Salimos en calesas, parecido al coche caballo pero un poco más antiguo y no tan sevillano, y nos dirigimos hacia el templo. El calesero conducía como loco, sólo sabía dar latigazos al pobre caballo y gritarle en árabe (podéis haceros una idea de lo que decía), y adelantamos a nuestros compañeros. Isi, Tere y yo íbamos “acojonaitos perdíos”. Mientras Tere intentaba no caerse, yo iba embobada mirando a los egipcios que hacían sus quehaceres diarios.
Una anécdota, de tantas como tenemos, es que las calesas eran de cuatro, dos en un sitio y otros dos en otro, pues en la nuestra íbamos los tres en un mismo sitio. Sí, un poco apretados estábamos, pero por suerte estamos los tres lo suficientemente delgados para poder ir de esa forma. La cuestión es que Tere tenía miedo de caerse para los lados, sin puerta podéis imaginaros, así que hicimos un buen apaño rejuntándonos. Lo que en teoría debía ser un paseo agradable y tranquilo para poder disfrutar de la ciudad, fue un paseo en tensión. Recuerdo que Tere se puso a gritar los nombres de Marian y José, y el conductor de la calesa la imitó; nos reímos lo que no hay en los escritos.
Llegamos a una plaza llena de egipcios con sus respectivas tiendas, a mi me parecía un poco el mercadillo gitano, y fue acoso y derribo por partes de éstos. La plaza tenía forma de círculo, o al menos a mi parecer, y teníamos que dar un rodeo en el cual pasamos por todas las tiendas; la calle la tenían vallada, en plan barrera para que pasaras por ese sitio en concreto (tiendas) y no tenías escapatoria. Era como si fuésemos un ganado de ovejas, ellos te guiaban, no había opción de ir por otro lado. Debo añadir que los egipcios te empiezan a seguir y a hablar para venderte cosas, y son los vendedores más insistentes que he visto nunca.
Tras atravesar la plaza, vimos el famoso templo del Dios Halcón, Horus, y poco me faltó para abrir la boca de la impresión. Todavía no me puedo creer que ese templo sea del 237 a.c y siga tan bien conservado, de hecho es el mejor conservado allí en Egipto; y si ahora os paráis a pensar, aquí construyen una casa y a los cincuenta años está que se cae a pedazos.
Tengo la suerte que mis ojos han podido ver todo aquello que estudié. Edfú era increíble. Vi muchas veces ese templo en diapositivas, pero una cosa es verlo a través de un proyector y otra muy distinta a tenerlo en frente tuya, a estar a escasos diez metros. Nos colocamos estratégicamente en la sombra para escuchar las explicaciones del guía, y ver como éste hacía sus dibujos en la arena. Yasser, tenía un bastón en forma de camello con la cola levantada, señal de buena suerte, y completaba todas sus explicaciones con la arena, haciendo dibujos y colocando piedrecitas.
No voy a pararme a describir el templo, no, para eso existen unos libros maravillosos de historia del arte, así que quien esté interesado que los lea.
Una vez que terminamos de ver el templo, Marian y yo sostuvimos una conversación con Yasser acerca de los huecos en la pared del templo. Yo sostenía la teoría, y aún la sigo sosteniendo, que esos huecos eran por los “andamios” que utilizaron a la hora de construir; Marian me apoyaba, pero no muy convencida; y Yasser, decía que esos huecos era para la astronomía, para contemplar las estrellas. ¿Qué pensáis ustedes?
Llegó la hora de ir a las tiendas por las que antes pasamos. Yo prácticamente huía del sitio, no me gustaba la idea de comprar ahí con tanta gente, así que con paso firme avancé hasta el final, seguida muy de cerca por Marian.


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