viernes, 13 de octubre de 2006

Diario de a bordo: tercer día, mercado

Intentar hacer una sátira de la sociedad consumista de hoy en día es complicado, aunque otros tienen una facilidad increíble para satirizar, cosa que yo no tengo. ¿Hasta que punto puede llegar a ser de sarcástica una persona? Con los años me he ido acostumbrado a esa forma de decir las cosas, un lenguaje inteligente a mi parecer, y he de decir que es difícil ser sátiros a la hora de escribir. Por lo tanto, dejemos al lado la sátira para centrarnos en nuestro tercer día de viaje en Egipto.

Las tiendas estaban colocadas de tal forma que era imposible dar dos pasos sin encontrarte otra, pegadas tela con tela, y los empleados eran tanto de una tienda como de otra. Los egipcios, acostumbrados al arte del regateo —considero que tienes que tener mucha paciencia para llegar a un acuerdo con ellos—, perseguían a su víctima con fervor, atosigando, sin apartarse de ésta ni un solo segundo. Muchas veces te veías en la obligación de comprarles algo (sí, cosas absurdas que no sirven para nada) para que te dejasen en paz, ¡qué ingenuos éramos!, porque encima de que te llevabas varios minutos negociando para adquirir cualquier tontería, te pedían una propina por comprarles, generalmente un euros. Los ciudadanos de Edfú, insistentes y amigables, seleccionaban a su victima e iban a por ella con el objeto de sacarles un precio más elevado del coste inicial. A Isi, nuestro compañero de viaje, prácticamente le estafaron, o al menos así pienso, porque compró unos timbales que al principio costaban cuarenta y cinco euros (otro objeto chorra más para sumar a la colección junto con las tres estatuas de Anubis) por unos veinte o veinticinco euros, y ese instrumento musical tiene pinta de costar menos de diez euros en un chino. Pero como ya os he dicho, muchas veces aceptamos el trato por no llevarte una hora regateando, aunque también debemos tener dos dedos de frente para aceptar o no. En fin, la cuestión era que a algunos les engañaron de mala manera y a otros pues no tanto, porque los egipcios ganaban con cualquier tipo de venta, sino no rebajarían el producto.

Yo caminaba pegada a la pared, deseando salir de ese pasillo, del ir y devenir de la gente; mi paso firme y ligero, me iba acercando más a la salida, y sin detenerme en ningún momento conseguí mi objetivo. Aunque volví a bajar para comprarme un bastón de la vida, que creo que me timaron un poco (pero no tanto como a otros), y subí corriendo en dirección a las calesas. Nuestro calesero, el 121 (era el número de nuestra calesa), se nos acercó sonriéndonos y diciéndonos que él era la persona que nos había traído. ¡Qué buena memoria tienen!; pues siendo sincera, no recordaba el rostro del egipcio.

Fuimos los penúltimos en salir. Tere se nos había perdido en las tiendas de ropa y, yo preguntaba una y otra vez por ella, era raro que no hubiera vuelto mas aún cuando la vi finalizar sus compras; mandé a Yasser a buscarla, pero no fue necesario porque ya venía de regreso. Al verla aparecer, con la cara un poco descompuesta, nos montamos en nuestro “coche caballo” (para ponerlo en andaluz) y directos hacia el barco.

En la habitación de Marian, Tere y Sele miramos las distintas compras que habíamos realizado: Tere y Marian se habían comprado un vestido cada una, semitransparentes y atrevidos, con dos aperturas verticales, uno rojo y otro negro; Sele, Quino y María optaron por chilabas blancas con sus respectivos tocados, es decir, unas telas para tapar la chorla, “¡qué graciosos estaban!”; Isi, además de los timbales (que no sé para qué se los compró si no sabe tocarlos), se compró dos conjuntitos de camisa y pantalón, estilo árabe, uno negro y otro azul, con un gorro de judío —¡eso pega más para Israel!—; y yo, un humilde bastón con el símbolo de la vida.

Nuestra Tere se quedó en sus aposentos, ¡qué bien suena la palabra aposentos!, mareada y asustada, porque en las tiendas no la habían dejado salir y se habían puesto dos hombres egipcios, en plan gorila de discoteca, en la puerta para retenerla en contra de su voluntad. Mientras que ella se recuperaba, el resto del equipo nos dirigíamos al salón para que Yasser, que ya nos había comido la cabeza la noche anterior con las excursiones facultativas, nos la vendiera públicamente y soltar “la guita”. Hay fue cuando solté, y no me dolió hacerlo, casi trescientos “ladrus” (como dirían más de uno) y me apunté gustosamente a una excusión facultativa por día, de las cuales ya hablaré más adelante. Todo el mundo no se apuntó a todas, porque hay gente que alardean y son poco fantasmas…

Bueno, por hoy Egipto está un poco más completo que el día de ayer, voy a trabajar con Óbito, así que pronto tendréis noticias de mi suicida. Espero que se os haya hecho ameno, y dejad comentarios, que aquí una se tiene que nutrir de algo, ¿no?. Que los comentarios me hacen ilusión para seguir escribiendo, y no va por el “Sin nombre” y ni por “Daniel”. Abajo, tenéis un bonito hipervínculo con el siguiente texto: agregar comentario; si pulsáis con el ratón, podréis dejarme un bonito o feo comentari, vosotros decidís.

No obstante, me gustaría dejar constancia de un escrito muy bueno, no es mío por desgracia, pero si de un amigo, se llama: Evolucionando. Esta reflexión habla del cambio constante de tus conceptos, ya sean amistad u otra cosa, en algo que tienes aferrado en lo más profundo de ti mismo, y como pueden ir evolucionando a lo largo del tiempo… Os invito a que lo leáis.

No hay comentarios: