A pesar de tener una conjuntivitis catarral, la nariz como un pimiento y no parar de estornudar, aquí estoy escribiendo otra vez. Ha transcurrido una semana desde que volví de Egipto, pero parece como si hubiese vuelto ayer. Nada ha cambiado. La rutina hace su acto de presencia: trabajar, estudiar y salir. Con ello no digo que me aburra, ya que me lo paso divinamente cuando salgo, simplemente que todas las obligaciones te golpean una y otra vez. Me gusta tener responsabilidades, si no las tuviera estaría aburrida y asqueada, pero al mismo tiempo deseo disfrutar de otro tipo de actividades (leer, escribir…).
Prometí escribir un diario de abordo, lo he intentado, y transcribirlo al blog; no he tenido tiempo real para poderlo cumplir, pues ni siquiera he podido dormir de tantas cosas que tenía que visitar. Sin embargo, voy a intentar relatar, lo más fielmente posible, mis impresiones del viaje, que aunque sean desde la perspectiva de una chavala de veintiún años, servirán para crear envidia.
Comencé mi primera odisea nada más levantarme: la maleta sin terminar, sin estar vestida… y para colmo, el tiempo justo. Terminé la maleta como alma que lleva el diablo, desayuné lo más deprisa que pude, me despedí de mi madre bajando las escaleras y subí al coche, a la espera que mi padre arrancara y fuéramos al lugar de encuentro. Al llegar al “Padrino”, donde habíamos acordado, ya estaban todos ahí, metiendo el equipaje en la furgoneta. Mi bolsa, porque a eso no se le puede ni considerar maleta, estaba colocada encima de todas (al menos tenía algo de privilegio la pobre). Nada, para el año que viene Marian me va a regalar un “coño con ruedas” —como denominé yo a las trolleys—, porque tuve muchas dificultades para transportar mi “bolsa” a medida que los días avanzaban, gracias que Sele me ayudó mucho. Antes de marchar de Sevilla hicimos una parada técnica en el banco, ya que Quino tenía que sacar dinero, y de esa forma, Tere aprovechó para recoger jazmines de los árboles y usarlos como ambientador dentro de la furgoneta (¡Qué buena idea Teresita!).
Salimos de Sevilla por la carretera de las rotondas —siempre la he denominado así—, es decir, por la parte del estadio olímpico, para quitarnos el tráfico del Quinto Centenario. La Mercedes Vito tenía tres clases: primera clase, conductor y copiloto; segunda clase, Isi y María; y por último, Sele, Marian y yo en la tercera clase. Al principio íbamos alegremente charlando y fumando en la tercera clase, luego nos callamos para dejar sonar la música (canciones variadas) y al cabo del rato, soñamos con los angelitos. Hicimos varias paradas en el camino, en las cuales cambiamos los asientos, para desayunar y echar gasolina. Cuando pasamos por Despeñaperros perdí la noción del tiempo, pues aunque ascendí a segunda clase, mi nariz esnifó el olor del jarzmín y cerré los ojos, con la ilusión de que al abrirlos hubiésemos llegado a Barajas.
Debo decir que me sigue maravillando el paisaje andaluz, es curioso ir viendo los cambios de paisajes a medida que vas avanzado, y como tu vista se llega a acostumbrar a ver una zona de olivares a otra de colinas suaves, pero nunca detecta el momento en que dicho panorama cambia. Mi mente lo contemplaba como una película, fotograma a fotograma, analizando cada detalle y deseando llegar al final.
Sólo nos encontramos con un control de la guardia civil, increíble pero cierto, y no nos pararon. Pensaba que el tráfico iba a estar más controlado con aquello del carnet con puntos, craso error por mi parte, y que se extrañaría a ver una furgoneta cargada de gente (no es que estuviéramos haciendo el gafe o que Quino estuviera cometiendo alguna infracción), ya que parecíamos fugitivos —o al menos, esa paranoia me monte para entretenerme: seis horas de viaje dan para mucho).
Al fin llegamos a Madrid. Madrid, esa ciudad tan cosmopolita y con tanta afluencia de gente de un lado hacia otro. Conseguimos aparcar más rápido de lo que pensamos, fue llegar y meter la furgoneta. Al entrar en el aeropuerto, en la terminal 1, nos dirigimos directamente al restaurante, no sin antes informarnos y comprobar donde se encontraba el mostrador de imagetours para recoger nuestra documentación para el viaje. La comida era una basura, tampoco esperaba encontrarme la cocina de Arguiñano, pero un mínimo de calidad sí. Recuerdo que los macarrones, y no era la única que opinaba de ese modo, no tenían nada de sabor; era una pasta blanda que te metías en la boca y la masticabas, como si bebieras agua. Lo realmente bueno y que aconsejo a cualquier viajero es que se pida un bocata de tortilla, que te quita el hambre y esta rico.
Después de hacer la digestión, recoger nuestros billetes y facturar las maletas, hicimos una excursión por el aeropuerto. Dios mío, aquello es inmenso y fácilmente te puedes perder. Ahora que lo recuerdo, el acceso al interior está muy vigilado, teniendo que pasar por un detector de metales y la policía registra a algunas personas, como fue en el caso de Isi. ¡Oh! ¡Qué gracia!. Me estoy acordando que en mi equipaje de mano, que tuve que meterlo por la cinta de detector de metales, llevaba varias cuchillas y Marian y Sele decían que no me conocían, ya que en principio está prohibido llevar cualquier objeto que pudiera cortar; pero ojo, que aquí el que más y el que menos, llevaba una jeringuilla (Isi). Recorrimos todas las tiendas, compramos alcohol y cuadernos (Marian y yo) para poder escribir nuestras anécdotas, y esperamos a que nos avisaran de nuestro vuelo. Como es lógico, cuantas más ganas tienes de llegar a un sitio más lenta se hace la espera, y si a eso le añadimos una hora y media de retraso nos queda la desesperación.
Una vez que conseguimos montarnos en el avión, nos sentamos y nos acomodamos como buenamente pudimos, marchamos con destino a Luxor. Dicho de esa forma suena increíble, pero no, mi viaje no trascurrió muy agradable que digamos. Aquí no tenía jazmines ni conversación, sólo me quedaba un libro y mi cuaderno; así que opté por sobar. De vez en cuando, notaba como mi cuello se resentía de la postura, levantaba la mirada y observaba la pantalla del avión, así comprobaba por donde nos dirigíamos y las horas que faltaban. Eterno se queda corto. Jamás he deseado tanto llegar a un sitio como en esos momentos.
Parece ser que mis súplicas fueron escuchadas y pronto anunciaron que íbamos a aterrizar, todo esto en un español un poco cutre. Sí, mi corazón comenzó a latir más deprisa de lo esperado, los nervios estaban a flor de piel y miraba ansiosa por la ventanilla del avión, esperando ver la ciudad. Cuando las ruedas tocaron el suelo, deseé bajarme y fumar un cigarro.
Nos montamos en un autobús, más bien nos metieron un poco a presión, y llegamos a la terminal. En la cinta de las maletas pudimos ver a gente durmiendo, vamos como el que duerme en un banco, y como a escasos cinco metros había policías pidiendo documentación. Al salir al aire libre, nuestro grupo, excepto los no fumadores, se encendieron cigarro en mano mientras un hombre moreno iba pasando lista, como si estuviésemos en clase.
Cuando estuvimos los veintinueve que formamos el grupo de los habibis o mella mella subimos al autobús que nos llevaría al barco. En el interior del bus conocimos a nuestro guía, Yasser, y comenzamos a mentalizarnos que el dormir no entraba en los planes del guía. Obviando las protestas de Tere, en plan broma, nos planificó el día entero, sin darnos lugar a descansar hasta las cuatro de la tarde. Me fijé en el paisaje desértico de Luxor, o al menos en lo que mis ojos podían ver con la oscuridad, y fui haciéndome una idea de cómo era la ciudad. Vi a gente durmiendo en la calle, observé casas a medio construir y me asombré al descubrir a hombres con ametralladora en mano.
Al llegar a nuestro barco, Egelikia (creo que era se llamaba así), fuimos conducidos a la última planta para asignar las habitaciones. Cuando conseguimos entrar en los camarotes, con esas cortinas rococó y esos edredones a juego, mandé a mi compañero a ducharse mientras deshacía mi maleta y seleccionaba la ropa de expedición. En nuestro camarote había unos bocadillos de queso y cordero, obviamente los olisqueé como un perro hambriento (y había comido en el avión, pero la comida del avión no es de bufé y es escasa) y los dejé intactos, prefería esperar el desayuno.
Entrar en el comedor me recordaba mi camarote, esas cortinas que parecía que las habían adquirido en los gitanillos. Cogí un gran plato, miré todas las bandejas del bufé intentando decidirme por alguna en especial, y al final, opté por dos rebanadas de pan bimbo (más “dura que la ma”) y mantequilla. Después de que todos llenáramos nuestra barriguita, salimos a investigar el hall de entrada y a contemplar el interior del barco. Nuestra sorpresa fue al comprobar que estábamos en un cinco estrella en vez de un cuatro estrella, aunque yo en esos detalles no me suelo fijar mucho la verdad.
Lo mejor de todo fue cuando Yasser se nos acercó y nos preguntó la relación que había entre nosotros siete (Marian, Sele, Isi, Tere, Quino, María y yo). Cuando Marian comienza a explicar que Quino y María son hermanos, cosa evidente por su gran parecido; Isi y yo antes éramos pareja y que nos habíamos peleado, a pesar de dormir en la misma habitación; Marian y Sele también habían sido pareja y su relación acabo; y que Tere era la dueña del bar a donde solíamos ir; no se lo creyó y pidió confirmación a Isi. Todo hay que decirlo, Marian le aseguró que la historia era un poco heavy y que resultaría difícil de creer, pero estoy segura que a medida que los días pasaron se lo creyó. En ese momento fue cuando fuimos tomando confianza con nuestro guía, vamos desde el primer día y todavía no habíamos hecho ninguna excursión.
Tuvimos que esperar a algunos rezagados, que por culpa de éstos perdimos el autobús y aguardamos unos cinco minutos más, en la orilla del Nilo y con la claridad de la luz antes del amanecer, a que apareciera para subirnos en el. Nos sentamos en primera fila, al lado del chofer y cerca de Yasser para escuchar mejor las explicaciones. Apreciamos paisajes desérticos, gente recolectando la cosecha con sus chilabas y otros yendo en bicicleta de un lado hacia otro: aquello era Luxor. Mientras nos dirigíamos al Valle de los Reyes el guía fue comentándonos un poco de la historia de Egipto, de los faraones más importantes y de los ciudadanos. A mi parecer, y también al de Marian, la explicación nos pareció muy floja, aunque supusimos que el guía no sabe los conocimientos de cada uno y debe empezar a tantear el terreno de alguna forma. Claro está que no nos iba a dar una clase de historia del arte como si estuviéramos en la facultad, pero si esperaba mayor rigor histórico a la hora de nombrar a los faraones.
El bus aparcó delante de varios policías armados, raro era ver a un policía sin arma en mano, y todos nos bajamos. No esperaba que aquella montaña fuera el famoso Valle de los Reyes, a pesar de haber leído a Christian Jacq o haberme estudiado las tumbas más representativas, no imaginé en ningún momento que forma tendría el famoso Valle. Ahí me llevé mi primera sorpresa, pues nunca pude dibujarme una imagen mental del lugar donde se encuentran la mayoría de las tumbas de los faraones. Sabía la forma que tenían las tumbas, eso no me cogió por sorpresa, pero el sitio en el cual se encuentran no lo tenía tan claro.
Avanzamos en un mini trenecito, de esos que llevan a los turistas por cualquier ciudad de España ( en Toledo hay varios), y, poco a poco, nos acercamos a la entrada de la tumba de Ramsés IV. El guía nos insistió en que entráramos y más tarde nos explicaría, para así tener una idea de lo que hay en el interior. No podíamos hacer fotos con la cámara, vamos ni asomar la funda de ésta, y a Quino le quitaron el móvil por utilizar la cámara. Como dice Quino: “He hecho unas cuantas fotos y además me quité del peso del móvil mientras terminaba de ver la tumba”. (Si no me equivoco esas fueron sus palabras textuales). Yasser dio la explicaciones pertinentes a la tumba que acabamos de ver y nos enseñó, a base de dibujos en la arena, los primeros enterramientos (en las mastabas) hasta llegar a los templos. Todo hay que decirlo, después de desarrollar la forma de enterramiento de los primeros egipcios se llevó nuestro apoyo como guía. Seguimos viendo la tumbas de Ramsés III y Ramsés IX. Sí, vimos muy pocas tumbas para todas las que hay, pero es que el tiempo iba en nuestra contra y todavía quedaban muchas cosas que ver, y no habíamos podido sobar nada.
Cuando entré en el primer templo me maravillé. No podía creerme que yo estuviera allí, en Egipto, en el Valle de los Reyes. Y pensar que estuve a punto de no ir, todavía me horroriza la idea de pensar que podía haberme perdido ese viaje tan bonito. El templo estaba conservado estupendamente, aunque te agobiabas en el interior por la falta de oxígeno y por todos los turistas que había, merecía la pena contemplar los relieves en la pared y mirar el techo estrellado, con la diosa Nut. Entre Marian y yo pudimos “descifrar” el viaje que hace el muerto, el faraón en este caso, hacia el paraíso en su barca y vimos el juicio de Maat. Todo lo que cuente es poco, es ir para ver, las fotos se quedan cortas.
Dejamos el Valle de los Reyes a un lado, aunque para tener que irnos tuvimos que esperar a Isi que se había quedado atrás comprando tres perros de anubis. En serio, pienso que le estafaron de mala manera, veinticinco euros tres perros de piedra maciza negra (no era ni granito ni nada) y que pesaban más de veinte kilos. Los perros dieron mucho juego durante todo el viaje, ya iré contándolo.
Allí, a escasos metros, teníamos el famoso templo de Hatshepsut. Recordaba diapositivas de este templo, pero el verlo me impresionó pues está en parte excavado en la tumba y otra es exterior. Además, en el Valle de las Reinas pude participar en un teatrillo casero, en el cual Tere era la princesa y yo su hija, Hatshepsut. El video lo grabó Isi, pero el niño lo borró por no tener memoria (sin comentarios, por favor). Estuvo graciosa la historia de esta mujer contada de esa forma, estoy segura que jamás se me olvidará como su hijo, Tutmosis III destruyó todas sus obras; y el amor que compartió con su arquitecto Senmut.
Subimos todos los escalones que nos llevaban hacia el templo, que lo escalones mandaba cojones y el sol apretaba más, e hicimos numerosas fotos. La vista desde lo alto del templo era impresionante: veías una tierra árida y luego, como si tu imaginación te jugara una mala pasada, todo verde. Aquello si que era increíble.
Después de recorrer el templo, visitar los colosos de Memnon, llegamos a Karnak. Si ese templo que casi todo faraón ha aportado su granito de arena. Yasser nos relató la historia, aunque algunos estaban que se caían de sueño, veáse el caso de Isi que se quedó dormido en la base de una columna (como el que toma el sol en la playa). Una vez que hicimos el recorrido pertinente, ya no podíamos con nuestras almas y a Marian le entró un ataque de risa al ver a Ignacio y a Isi sobar tranquilamente con las explicaciones del guía. ¡Marian que vergüenza reírte tan descaradamente y el guía pensaba que te reías del escarabajo pelotero! Jajaja. Esos ataques de risa eran producidos por la falta de sueño, tengo comprobado que mientras menos duermes más hiperactivo te encuentras (ese es mi caso). Total, aprendimos los números egipcios y fuimos a tomarnos un refresco a la cafetería.
Oh, sí, nuestra última visita: Luxor. Ya eran las tres de la tarde, el calor era insoportable, el hambre empezaba a aparecer y el sueño seguía presente en algunos. Luxor era fantástico, vimos el interior del templo e hicimos varias fotografías. Sólo tengo vagos recuerdos del templo, me acuerdo de la historia de Alejandro Magno, de las pintadas de los cristianos… pero debo confesar que no lo disfruté tanto como me hubiera gustado. Ya te digo, 24 horas sin dormir tienen que afectar de alguna manera y si le sumamos las altas temperaturas, ya me dirás.
Nos subimos a nuestro autobús para ponernos en marcha a Esna, que lo separaban 58 km, aunque aquí en España se hubieran recorrido en nada de tiempo, allí tardamos hora y media en autobús. Las carreteras no están bien acondicionadas y, eso, que nuestro chofer iba rápido. La forma de conducir es un poco suicida como dice nuestro Sabina en su canción, pero al menos llegamos sano y salvo. En el camino a Esna aprovechamos para sobar y coger fuerzas para el resto del día.
Bueno, aquí dejo de momento mi itinerario… ¿Os va gustando? Mañana prometo actualizar, o eso espero. A ver si me entretengo en revisar lo que he escrito para editar mis faltas ortográficas.