viernes, 18 de agosto de 2006

Viajera (I)

Mi brújula no marca norte o sur, ni tampoco este u oeste, sólo me señala lo que yo más quiero. Ahora bien, ¿qué es lo que deseo?. Ese es el quid de la cuestión. Avanzo lentamente, no fijo un rumbo, simplemente mis pies me van guiando, quizá a un sitio que no quiero, pero yo así lo he decidido. Alzo mi mirada hacia las estrellas, es precioso poder contemplar alguna constelación, y trazo mentalmente a Casiopea, ya que en una ciudad es complicado admirar alguna constelación. Tiemblo. Tiemblo con la sola idea de ver mis sueños destruidos, aniquilados por mi misma, y estar en continua persecusión de una quimera. Pienso -sí, la mayoría de las veces lo hago-, que mi quimera poco a poco va convirtiéndose en real, descubriendo lo que yo más quiero en estos momentos. Haré como "Jack Sparrow", que volvió a "La perla negra" dándose cuenta de lo que señalaba su brújula. Asimilaré mis deseos, tiempo al tiempo. Dejaré que el destino siga su curso, pues así lo he decidido. No me embarcaré a la deriva, esta vez giraré antes de chocar contra las rocas, ya sea a babor o a estribor, lo importante es esquivarlo sin perder de vista mi rumbo. Estoy segura de que un tesoro se encuentra perdido en lo más profundo del océano, esperando a que yo lo encuentre. No me enriqueceré de joyas, sólo me alimentaré de conocimientos y me llenaré, no los bolsillos sino espiritualmente.

Ya falta poco para emprender mi viaje, los días van quedando atrás tan rápidos como las agujas del reloj dan vueltas y más vueltas sin que me de tiempo para fijarme en ellas. Todavía me quedan unos cuantos ocasos. Cada día voy aprendiendo más cosas sobre Egipto, intentando empaparme de su arquitectura, de sus dioses y de su esplendor. Rememoro mi año en la facultad, acordándome de ligeras pinceladas sobre esta tierra, sobre sus faraones y sus conflictos; lo echo de menos. Me siento como una niña pequeña a la que le han dado un puzzle, encajando las piezas torpemente, buscando e investigando más allá del Nilo. Llevaré un diario de abordo, como solían llevar antiguamente los capitanes (no sé si actualmente se sigue esa costumbre), y anotaré cada día, deteniéndome a la hora de escribir en las cosas más importantes, mis impresiones. Ya me veo allí. Estamos todos reunidos: Tere, Quino, la hermana de Quino (que todavía no sé el nombre), Josele, Isi, Mariana y yo. ¿Qué cosas nos esperarán? ¿Despertaremos a algún faraón de su sueño eterno después de haber conseguido salir victorioso del juicio de Osiris, interrumpiendo sus trabajos en el Más Allá, aunque estos trabajos lo hacían los ushebtis, figurillas de madera destinadas a servir al faraón? ¿Seremos capaces?.

Ya me veo en Egipto, leer y veréis que odisea:

Quino va conduciendo nuestra "Mercedes Vito" camino Despeñaperros, mientras Tere, Mariana y yo vamos poniéndole música a la furgoneta, entonando cada letra de la canción como mejor podemos. Afortunadamente para nosotros aún no ha empezado a llover, a pesar de lo mal que cantamos. De vez en cuando el coche pega algún que otro frenazo brusco, pero no tiene nada de importancia. El humo de los cigarros agobia el ambiente, tanto que es necesario bajar las ventanillas para no asfixiarnos. Los coches que nos adelantan van a gran velocidad, con el riesgo de perder puntos (con esta nueva ley nunca se sabe) y alguno que otro nos pita. Al escuchar el segundo pito, un sonido desagradable, no más que nuestras propias voces a la hora de cantar; Isi empieza a pegar chillidos como un histérico y corralero para mostrar su indignación y agitar el ambiente. Yo me indigno ante semejante situación: no soporto que nos adelanten de esa forma; uniéndome a la causa de Isi, comenzamos a meter presión al conductor para que acelere. Todos están a favor de que tenemos que adelantar al renault rojo, aunque Mariana se niega en profundo.

Las horas parecen que pasan más lentamente de lo esperado. Ya no hay ganas de cantar, tampoco de fumar y está demasiado oscuro para leer; así que me hundo en mis pensamientos. Me excito con la sola idea de que dentro de poco estaremos cogiendo un vuelo con destino a Egipto, cavilando y repasando mentalmente todas las dinastías, pirámides, templos y museos que vamos a visitar.

Un codazo me interrumpe, sacándome de mi ensimismamiento. A lo lejos se distinguen muchas luces, como si estuvieramos en plena feria de abril, y Quino comienza a disminuir la velocidad. Un agente de la guardia civil nos hace señas para que paremos el coche y nos acerquemos al arcén. El agente, un hombre bastante mayor para estar de servicio a esas horas, nos mira uno a uno y pide los papeles de la furgoneta. Otro agente, mucho más joven que el otro, nos pide que bajemos del coche y le enseñemos la documentación. Quino comienza a habar con él, contándole que nos vamos de viaje a Egipto y que hemos alquilado la furgoneta. Isi se pone a hablar con el otro agente, diciéndole que su madre trabaja en la policía y que es normal que haya este tipo de controles. Una vez que han comprobado nuestra identidad nos dejan marchar y nos desean un buen viaje.

Por fin llegamos a Madrid... La ciudad está abarrotada de coches, el tráfico es fluido por ser de madrugada, y está plagado de grandes edificios altos. Es la primera vez que veo Madrid, no me gusta para vivir, es demasiado para mi, prefiero mi ciudad. Nuestra misión es encotrar el aeropuerto y avisar al amigo de Tere para que recoja la furgoneta, ya que embarcamos dentro de tres horas. La alegría se ha contagiado otra vez en la furgoneta: hemos llegado a nuestro primer destino sin ningún percance. Todos pensábamos que el coche no iba a llegar, que ibamos a pichar, que un moro nos atracaría... Parece que exageramos al plantearnos todo eso, pero más vale prevenir que curar.

El aeropuerto es muy feo, o al menos, desde mi punto de vista. Muchos turistas esperando impacientes su vuelo, otros durmiendo en los bancos, la policía con sus perros investigando que no haya nada sospechoso, y la cafetería llena, clavándole a cada cliente un dineral por un maldito café. Es entretenido contemplar ese ambiente, tan distinto al aeropuerto de Sevilla, y a la vez tan raro. El aeropueto es tierra de nadie, o al menos, eso dicen en la película de "La terminal" de Tom Hanks.

Todos estamos cansados, deseosos de coger el avión y dormir apaciblemente en el asiento, aunque no creo que sea tan cómodo como una cama, pero algo es algo. Con la oreja inclinada hacia la derecha escucho la voz, esa voz que se repite tres mil millones de veces en el día, indicando que nuestro vuelo está a punto de partir. Ya hemos facturado todo el equipaje, permitiéndonos llevar el bolso a las mujeres.

De momento aquí dejo la odisea del viaje... intentaré recontruir nuestro viaje antes de realizarlo, para poder comprobar si es como lo esperaba o no. Espero que lleguemos todos a buen puerto.

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