LUNATIEN
A lo lejos se distinguía un bosque, con árboles frondosos y prominentes. Las ramas de éstos cobraban vida a través del viento, que azotaba con violencia las hojas haciéndolas formar un remolino. Nada estaba en calma. El búho mantenía sus dos grandes ojos bien abiertos, estáticos y atentos. Su mirada estaba clavada en un punto fijo, escuchó un ruido y, giró su cuello largo y flexible; alzó el vuelo y planeó hacia el suelo, situó sus garras hacia delante y las cerró en el momento en que agarró al roedor, ya perforado por sus largas y finas uñas.
Isabelle contemplaba la escena maravillada. Le encantaba recorrer Lunatien, el país que la vio nacer, con sus praderas, bosques y lagos. No hacía ni una hora que había llegado de Odien, a más de trescientos kilómetros, junto con Pyros, su caballo. Tenía ganas de ver a sus padres, a los cuales no veía desde los quince años; a sus amigos, aquellos que le demostraron en numerosas ocasiones la importancia de la amistad; y sobretodo, de ir a la gran catarata de Iria.
Pyros relinchó, captando la atención de Isabelle.
—Calma muchacho —murmuró acariciándole su pelaje níveo. Éste volvió a relinchar, cada vez más inquieto —. Tranquilízate, ya casi hemos llegado.
Una piedra cayó desde lo alto de la montaña. Isabelle miró hacia arriba, mientras que con una mano detenía a Pyros en su marcha, con la otra señalaba el lugar de donde había caído la piedra. La montaña desapareció cuando apuntó con el dedo índice, quedando una llanura desoladora, y escondido tras una roca un niño reía. Le hizo un gesto y salió de su escondite, corriendo a los brazos de Isabelle.
—¡Cuánto has cambiado mocoso! Si eras un renacuajo cuando te dejé. —exclamó sosteniéndole fuertemente y dándole besos.
—¡No me des besos! Soy todo un hombre, y a los hombres no se les “besuquea” de ese modo —contestó sacando pecho.
Isabelle volvió a señalar a la llanura, y ésta se convirtió en montaña, recreando el mismo paisaje. Alzó a Branag subiéndolo a lomos del caballo, ella montó también, y le susurró a Pyros:
—Vuela como tú sabes, llévanos a casa, precioso.
Pyros cabalgó hacia el barranco, rápido y veloz, y saltó cayendo al vacío. Antes de caer al suelo, éste abrió sus alas grises, enormes y suaves, elevándose al cielo estrellado.
Guiado por las indicaciones de Isabelle aterrizaron en un cobertizo, al lado de un molino, y siguieron a pie, dejando descansar al caballo. Golpeó la puerta tres veces, como era costumbre en Lunatien, y entró seguida por Branag. En el centro de la habitación había una mesa de hielo, con sus respectivas sillas haciendo juego, y una botella de madera, en cuya etiqueta ponía: “Escabiar, lo mejor de Scabio”. Isabelle no pudo evitar sonreír al ver la marca de la botella, una bebida muy distinguida en Lunatien, y la comarca era muy conocida, Scabio, cerca de la catarata Iria.
Evocó aquel día en que jugaba con Nerea en la bodega de su casa; su padre, un hombre erudito en todo lo referente a las bebidas alcohólicas de Lunatien y sus alrededores, e inculto en cuanto a las tradiciones, tenía una colección de barriles de cerveza azul, vinos verdes y licor negro, bebida alcohólica de más de 60º. Nerea que estaba enfadada con el Sr. De Caer, su padre, por la negativa de éste ante la idea de irse a estudiar a Odien, el colegio más prestigioso de crías de animales y criaturas oscuras; decidió que ya era la hora de probar ese licor negro, que para los menores estaba prohibido, y perforó el barril con un punzón puntiagudo. El líquido oscuro comenzó a salir por el pequeño agujero, usando de vaso sus propias manos, y apresuradamente se lo llevó a los labios, antes de que éste fuera a parar al suelo. Isabelle, que miraba a su amiga beber de esa forma, quiso seguirla en su locura y sin pensárselo dos veces, unió sus dedos, a modo de cuenco, y la imitó. Al bajar el Sr. De Caer a su bodega, a su preciado tesoro, y descubrir la aberración que había hecho su hija con su barril más caro, “Escabiar, lo mejor de Scabio”, se tambaleó del susto, cambiando la expresión de su cara de atemorizado a enojado. Agarró a Nerea de su pelo plateado, arrastrándola varios metros, y la azotó con violencia, pegándole un latigazo tras otro, hasta que la chica se disculpó y suplicó que parase.
Rió ante el recuerdo, no por los latigazos que recibió Nerea, que en realidad iba prevenida y siempre llevaba debajo de sus vestidos un “paralizador de golpes”, un objeto invisible que te protege de cualquier golpe; sino por la resaca que tuvieron, que no se les pasó hasta la semana siguiente, teniendo que tomar algas para el dolor de cabeza.
—De qué te ríes.
—Nada, nada. ¿Dónde están mamá y papá? —inquirió. Se dirigió a la cocina al oler a quemado, apartando la olla de cerámica del fogón. Abrió la tapa. Fue una grata sorpresa el encontrarse pelos de ratas con gusanos y salsa de mar. Olfateó el aire, analizando de uno en uno los distintos olores: cebada, jengibre, azufre, gusanos, ratas, algas y agua marina. Allí, al fondo de la cocina, la puerta del armario se encontraba abierta, moviéndose por la corriente de viento que circulaba.
—Isabelle, ¡qué grande y qué guapa estás! —exclamó su padre, que salió del armario agarrando un bote de mermelada—. Cuéntame, vienes a cumplir la promesa, ¿no? —al ver el movimiento de afirmación de la joven, continuó—. Todos esperábamos tu llegada al saber que hoy se cumplirían diez años de tu partida. Has llegado justo a tiempo. Te quedan dos horas para ir a Iria. Come algo y luego ve a cambiarte.
—Gracias papá, yo también me alegro de verte. ¿Ella me espera allí, verdad?. Debo darme prisa, no quiero que coja una pulmonía por mi culpa.
Subió las escaleras, que estaban formadas por hojas de helecho, hasta su habitación. Todo estaba como la última vez: la cama llena de cojines de agua, la butaca meciéndose al compás de la melodía, y su ventana abierta de par en par. Levantó una tabla del suelo, dejando al descubierto un medallón de oro, símbolo de la Diosa Lunatien, que es la que da nombre al lugar, y volvió a colocar el tablón en su sitio. Limpió el polvo acumulado del colgante, dejando ver una inscripción: “Estrella de seis puntas, luna nueva y Süyl”, en el reverso de éste aparecía una imagen de Lunatien.
Se vistió con la túnica de la ceremonia, larga, transparente y con letras bordadas en hilo de oro, y se recogió su pelo rojo en un moño alto. El medallón le colgaba del cuello, y hacía juego con el puñal que llevaba en su mano. Se despidió de su padre, prometiendo regresar pronto y avanzó en la oscuridad del bosque.
Notó la presencia de su amigo, iba a su lado, como si de su propia sombra se tratase. Siempre fiel, caminaba a su vera, dejándose ver por la noche gracias a la luz que proyectaba la luna. Vestía su habitual túnica, desprendiendo su característico olor a quemado, y arrastraba los zapatos, levantando la tierra por el camino. No recordaba cuándo lo conoció, sólo sabía que desde pequeña le acompaña siempre. La habían llamado loca, loca por hablar con alguien que otros no pueden ver, loca por ver cosas que carecen de sentido lógico para la mente humana. La magia es normal, pero si ves algo más allá de tus conocimientos es paranormal.
El camino había vuelto a cambiar. Estaba cerca, lo presentía. Se decía que en lo más profundo del Bosque de Corpes habitaban los Tengus, mitad humanos mitad pájaros; seres bromistas que cambiaban lo senderos a su voluntad, haciendo que el viajero se pierda en su viaje. Tenía que dejarse guiar por la dirección del viento, que soplaba con fuerza hacia el noreste.
Allí, a lo lejos escuchó el ruido del agua al caer por la catarata.
Descendió por las rocas. Llegó hasta el lago, donde estaban reunidas tres mujeres, completamente desnudas a la luz de la luna, y le hicieron gestos para que se acercara. Isabelle, mantenía su puñal en alto, como así lo requería la ceremonia, y fue introduciéndose lentamente en el agua. El agua estaba helada. Pronto el frío invierno lo congelaría todo, cubriendo con una fina capa de hielo el lago y con un manto blanco el bosque.
—Isabelle, Isabelle, Isabelle... —repetían al unísono las tres mujeres, los ojos de éstas eran rojos, al igual que sus labios. Isabelle siguió avanzando, cuidadosa de no tropezar con alguna piedra—. Isabelle, Isabelle...
La joven se detuvo. No debía tener miedo, entre esas mujeres estaba su madre, su progenitora, y no le iban a hacer daño. Sabía que su poder mental no era efectivo en el agua del guardián, Süyl, que se encargaba de anular cualquier don que tuvieras. Ahí estaba la verdad, lo tenía demasiado cerca pero a la vez tan lejano... El coro seguía llamándola, cada vez más fuerte. Notó un roce en su pierna, le empezó a picar todo el cuerpo, y el agua la succionó hacia dentro. No podía respirar, se estaba asfixiando y Süyl le había agarrado su pie con fuerza. Cortó la mano de Süyl con el cuchillo, y pudo salir a la superficie.
—Isabelle, Isabelle... —cantaban todas mientras bailaban alrededor de ella. La habían rodeado cuando estuvo sumergida en el agua.
«Ahora o nunca», pensó Isabelle. Sujetó con fuerza el cuchillo, se abalanzó sobre su madre atravesándole con el puñal el hombro, y lo dejó caer al fondo del lago. Ahora era la parte más difícil, tenía que luchar con Él, para que le dejara usar sus poderes en el lago, y completar al fin la promesa hecha a Nerea: ser la guardiana del lago.
Salió del agua, dejando un charco a su paso, y se dirigió a la cueva que había detrás de la catarata.
—Süyl —gritó con todas sus fuerzas—. Vengo a ti, tal y como prometí. He derramado sangre de mi sangre, he perfeccionado mis conocimientos sobre las crías de animales y criaturas oscuras, y mejorado con mis poderes mentales. Yo, Isabelle de Cair, te reto a luchar conmigo.
No obtuvo ninguna respuesta. El interior de la cueva estaba oscuro y resbaladizo. Esperó hasta que sus pupilas se dilataran, acostumbrándose al lóbrego socavón, y con sus manos tanteaba la pared mientras andaba, con pies seguros y firmes. Llegó al final de la cueva, encontrándose una habitación iluminada, cegándole los ojos. Cerró los párpados y los abrió poco a poco. En esa pequeña sala había un altar, una estrella de seis puntas dibujadas en el suelo y una sombra. La madre de Isabelle se encontraba tendida en el altar, totalmente seca, y con la herida sangrando.
—Süyl muéstrate ante mí.
Una carcajada resonó por toda la habitación, produciendo eco.
Una lanza se clavó en el pecho de Isabelle, miró hacia la lanza, y cayó desmayada por el dolor que sentía.
—Corre, corre —decía una niña con el pelo plateado. Isabelle iba siguiendo a esa niña.
La noche era oscura, fría y desoladora. Nada era lo que parecía. Ni aquel árbol alejado en la cima, del que en vez de hojas, colgaban cadáveres: hombres ahorcados y sujetos del cuello gracias a las ramas. Los cuervos estaban apoyados en los hombros de los muertos, moviendo los ojos de un lado a otro, y picoteando la cuenca de éstos. La piel de los caídos colgaba a jirones y la sangre alimentaba el árbol.
Isabelle se asustó al ver esa horrorosa imagen. Allí, al frente, tenía a su maravilloso Árbol de la Vida, su segunda casa, cubierto de extintos cuerpos humanos destrozados por las aves carnívoras. Pestañeó varias veces, intentando creer que todo era producto de su imaginación provocada por la herida. Gritó con ímpetu, tenía ganas de vomitar, las arcadas le producían espasmódicas convulsiones. Vomitó. Su garganta se resintió, dejándola con un sabor amargo en la boca.
Recobró el conocimiento. Se sorprendió al ver que no tenía ninguna herida mortal y que se encontraba perfectamente.
—Süyl, da la cara. Quiero luchar contigo para ser la guardiana del lago.
Otra risotada se escuchó.
—¿Crees que puedo permitir que tú ocupes este puesto tan fácilmente? —preguntó una voz grave y fuerte.
Isabelle no daba crédito a lo que sus ojos veían. En lo alto del altar estaba Süyl, con una túnica negra, y sus ojos eran rojos. Le recordaba a su amigo fiel, que siempre le acompañaba un rato todas las noches hasta que desaparecía.
—Tú —señaló con la boca abierta—. Todos estos años y no me has dicho nada...
Süyl caminó lentamente hacia ella. Isabelle cogió el puñal de su madre, con la empuñadura de un pequeño fénix, y arremetió contra el guardián. Éste lo esquivó con facilidad. Siguió atacando a Süyl, pero era en vano, cada golpe lo esquivaba con la misma facilidad. En cambio, ella tenía varios rasguños causados por el contraataque de Él.
«Rápido, piensa en algo. Si mis ataques no surten efectos, puede que la magia del medallón, la estrella de seis puntas y la sangre de mi madre, junto con la luz de la luna... ¿Qué tengo que hacer? ¡Ya lo tengo!», pensó la chica.
Volvió a golpear a Süyl, que le devolvió el golpe con fuerza, pero Isabelle consiguió esquivarlo. Sin darse cuenta, Süyl había abierto una abertura en la pared, lo suficientemente grande para que el rayo de la luna incidiera en la estrella de seis puntas, donde estaba colocada la madre de Isabelle.
—Lunatien, diosa mía, se mi guía en la oscuridad de esta noche, de mi iniciación y proclamación para guardiana del lago. Süyl ha cumplido su cometido por más de mil años, ya es la hora de que lo dejes ir. —recitó en el centro de la estrella, con el medallón en lo alto de su mano—. Escucha mi súplica, déjame ser tu guardiana, libérale —terminó de recitar haciéndose un corte en la palma de la mano.
La luna se tiñó de rojo. Un rayo bajó del cielo para embestir a Isabelle, y su pelo empezó a arder junto con su túnica. Sus manos se iban descomponiendo, carbonizándose, al igual que su cuerpo, y el medallón brilló en todo su esplendor. Isabelle se derrumbó en el suelo, no podía respirar, y tenía mucho calor, necesitaba ir a las heladas aguas del lago. Perdió el conocimiento.
—Sí, eso fue lo que pasó con la guardiana del lago. Ella es la elegida por Lunatien —relató Branag. Dos niños le miraban ansiosos por saber más sobre las leyendas de Lunatien—. Ya es hora de que os vayáis a la cama, que es muy tarde y vuestra madre no quiere que os acostéis a estas horas.
Empujó a sus hijos con suavidad, mientras iban subiendo las escaleras, que estaban formadas de helecho, su hijo mayor le preguntó:
—¿Qué pasó con Süyl?
—¿De verdad quieres saberlo? —miró a su hijo. Los ojos de Branag se volvieron rojos y la señal del medallón apareció en la palma de su mano.
FIN

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